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Una celebración sentida en este mes, es la de María en su soledad. Es importante captar el fondo de esta presencia y la actualidad profética que tiene para que despierte en nosotros y nosotras un compromiso urgente para que la vida sea abundante en nuestra sociedad.
María es una mujer viuda que ha perdido a su hijo…

Hay un episodio en la vida de Jesús que nos ayuda a penetrar en esta situación; nos la presenta el evangelio de Lucas (Lc 7,11-17) en el episodio conocido como la viuda de Naim.

Lucas nos ha descrito la trágica situación de la mujer. Es una viuda, sin esposo que la cuide y proteja en aquella sociedad controlada por varones. Le quedaba solo un hijo, pero también este acaba de morir. La mujer no dice nada. Solo llora su dolor. ¿Qué será de ella?

Imaginemos la escena. Ella desconsolada quiere acompañarlo hasta el final agarrada a las parihuelas donde yace el hijo. Sus primos tratan de separarla: “No toques mujer, no toques, que te haces impura”. Sus hermanos la persuaden para que regrese a casa: “Vuélvete, Sara, quédate con tus hermanas y las vecinas plañideras. Esto es cosa de hombres. Tú quédate en casa, de duelo.”

La mujer sólo se aferra al féretro y llora…
Nos recuerda la escena de María al pie de la cruz…
Con un agravante más; el hijo de esta mujer ha muerto. El de María no ha muerto, lo han ajusticiado, lo han condenado acusándolo de blasfemo (Mt 26,65-68) y de subversivo (Lc 23,1-7 ) y lo han colgado de la cruz que era la muerte destinada precisamente a los subversivos y a los esclavos (Lc 24,13-24).

Jesús la miró, se conmovió y le dijo: “No llores”. Es difícil describir mejor al Profeta de la compasión de Dios. No conoce a la mujer, pero la mira detenidamente. Capta su dolor y soledad, y se conmueve hasta las entrañas. Su reacción es inmediata: “No llores”. No lo piensa dos veces.

la viuda de NaimJesús detiene la procesión de entierro del hijo de la viuda, para que viva el hijo, para que se alegre la viuda, para que todos puedan invertir el gran camino de muerte en que hemos convertido nuestra existencia en el mundo.

En Naim, Jesús toca, compadeciéndose, el féretro del hijo de una viuda, y dice: “Muchacho, yo te lo digo, despierta y ponte de pie sin miedo”. En casa de Jairo, Jesús estrecha fuertemente la mano de la muchacha muerta y grita: “Muchacha, despierta y ponte de pie sin miedo” (Mc 5,41).

Jesús no tiene miedo de la impureza de la muerte; quiere luchar y lucha en contra de ella, a favor de la vida. Jesús rompe el tabú de la muerte: Toca el féretro, grita al muerto y le dice que se levante. Ésta es la palabra clave de Jesús: Que el hijo de la viuda se levante... que retome su camino.
Jesús quiere que la viuda pueda vivir, que tenga alguien que la acompañe… Jesús entregó el muchacho a su madre… Son ellos los que tienen que terminar la historia.

Jesús no ayuda sólo a la viuda, sino que levanta a su hijo, no dejando que lo entierren, para dárselo de nuevo a la madre, diciendo a todos que ofrezcan un espacio de vida para viudas y extranjeros, para huérfanos y enfermos.

No ayuda pasivamente a la viuda, dejándola sometida (en una casa de encerramiento), sino que le da a su hijo, para que ambos inicien un camino nuevo, activo, comprometido, en el seno de la comunidad.

maria al pie de la cruzRecordemos a Jesús y María al pie de la cruz: "Mujer, aquí tienes a tu hijo" (Jn 19,26).

El gesto recoge la mejor tradición de Israel y de Jesús que se ha ocupado de un modo especial de los “marginales” de la sociedad. Las viudas, las mujeres sin protección legal o económica, son un signo de todos los necesitados, en especial de las mujeres abandonadas y oprimidas, maltratadas y excluidas, en un mundo que sigue estando dominado por principios de tipo patriarcal.

El centro de la Comunidad de Jesús lo forman los huérfanos y viudas; estas viudas forman junto con los huérfanos y extranjeros, con los hambrientos y sedientos, los desnudos y encarcelados el principio y centro de la Iglesia (Mt 25, 31-46).

El relato no insiste en el aspecto prodigioso de lo que acaba de hacer Jesús. Invita a sus lectores a que vean en él la revelación de Dios como Misterio de compasión y Fuerza de vida.

Pensemos en Ayotzinapa, pensemos en Ayacucho, pensemos en Siria, pensemos en… en… en…

Estamos cayendo, cada vez más, en la desgracia de construir un mundo de viudas y sin hijos; de mujeres abandonadas y utilizadas, sin concederles más iniciativa que la de asistir al entierro de sus hijos sin nadie que las defienda; mujeres condenadas a la soledad o la opresión.

María en la soledad, la madre viuda de un hijo asesinado injustamente, nos recuerda la propuesta y el desafío planteado por Jesús en Naim y en su propia muerte: ¿Cómo revertir este camino de muerte?

La Iglesia actual, si quiere ser fiel a Jesús, tendrá que asumir la defensa y promoción de las viudas, es decir, de las mujeres “sin fortuna”, utilizadas, solas, manejadas. Serán ellas, como María en Jerusalén (Hech 1,12-14), las que levanten la Iglesia; ellas, las más importantes, las iniciadoras de una nueva comunión humana, desde su conocimiento sufrido, desde su esperanza.

Desde las comunidades de Jesús se tiene que escuchar un grito de indignación absoluta: “el sufrimiento de los inocentes ha de ser tomado en serio” como dice Francisco; no puede ser aceptado socialmente como algo normal pues es inaceptable para Dios. ¿Qué podemos hacer en nuestros grupos y comunidades para recuperar cuanto antes la compasión como el estilo de vida propio de los seguidores de Jesús?

Crear un mundo donde puedan vivir los pobres y las viudas, los huérfanos y enfermos, los extranjeros y encarcelados, constituye un elemento esencial de la vida de la Iglesia porque es el núcleo del Reino.

La memoria de María y en estos días la de Mamá Angélica deben comprometernos para contrarrestar esta sociedad cada vez más llena de viudas desesperadas buscando a sus muertos.

 

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