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Un gran árbol de navidad, una gran corona de adviento y un nacimiento enorme donde, curiosamente, ya no hay pesebre sino una buena casa y donde no hay pastores sino sólo reyes…

Para iniciar la celebración, después del canto, se nos invita a prender la primera vela de la corona de “Adviento”… Una familia, “nombrada y delegada” por el párroco la enciende con una vela que recibe del “párroco encargado” de esta parroquia. Se nos recuerda, desde este primer momento, que estamos en tiempo de “espera”, preparándonos para la “venida gloriosa” de Jesús.

Un grupo de niños y niñas hace la primera comunión…

La homilía comienza de manera divertida; ya que pregunta a los niños porqué está con ornamentos morados y ellos responden que por el Señor de los milagros… ¡Obvio! ¿No?

Los corrige y vuelve a insistir que es por el adviento, tiempo de espera y de preparación para la “venida” de Jesús. Lo compara con la primera comunión. Ellos han tenido que prepararse para recibir a Jesús que “viene a ellos por primera vez”. La diferencia es que sabían el día y la hora de la primera comunión, mientras que nosotros no sabemos ni el día ni la hora en que “Jesús vendrá glorioso para entregar el mundo al Padre y ahí será el fin del mundo”. Ese día “van a resucitar todos los muertos” y “será el paso a la eternidad”.

Por eso hay que estar preparados, vigilantes, porque no sabemos… en cualquier momento puede venir y tiene que encontrarnos preparados. “El adviento y la navidad son para eso: para prepararnos a la venida gloriosa de Jesús al final de los tiempos”. Que cuando venga, Dios no nos encuentre “distraídos con las cosas de este mundo”…

¿Y cómo prepararnos? Yendo a misa, comulgando (hoy es sólo la primera), rezando, con devoción a María…
Cuando se insiste tanto en que alguien va a venir, significa que ¡no está!
Cuando se insiste tanto en prepararse para recibir a alguien, significa ¡su ausencia!
Cuando se insiste tanto en el futuro y el final, significa que el presente ¡no importa!
Cuando se insiste tanto en el allá, significa que el aquí ¡no cuenta!
Nos preocupamos tanto por el “Maranatha” que nos olvidamos del “Emanuel”…
Vivimos en la dinámica de una visión del apocalipsis y dejamos de lado la de los evangelios…
Vivimos preparándonos tanto para la venida gloriosa de Jesús que se nos olvida que Jesús ya vino… y que “puso su morada entre nosotros”…

Ya vino en la pobreza del pueblo excluido como celebramos, para recordar, en Navidad; aunque muchas veces el síndrome del consumismo navideño desvíe nuestra atención y nos olvidemos de que su venida fue en un establo, según el relato teológico del evangelio, y que la presencia de cada día, de acuerdo a la parábola que llamamos del juicio, es inseparable de los descartados de hoy: migrantes, refugiados, mujeres abandonadas, indígenas, gente sin trabajo, niños de la calle, enfermos y ancianos, prisioneros...

Parafraseando a Tagore podemos decir: "El viene, viene, viene siempre, / en cada instante y en cada edad, / todos los días y todas las noches. / El viene, viene, viene siempre…

Por eso, no se trata de esperar un futuro, una venida que no depende de nosotros, rezando para que no demore o para que demore mucho según la situación de cada uno. Se trata de comprometerse con la presencia permanente entre los y las pobres y excluidos para seguir haciendo surgir el reino y no para esperar un juicio final; no para esperar un fin del mundo sino para empeñarse en la transformación de este mundo.

Curas en la Opción por los Pobres/Noviembre 2017. Texto de Agencia periodística Patagónica.

Los acontecimientos que vive el país nos exigen decir una palabra en el nombre del Dios de la Vida. Creemos que no debemos callar y no rendirle culto a la cautela cuando se trata de la vida o la muerte de los pobres.
Nos preocupan la acelerada disolución del estado de derecho, de las garantías constitucionales y la instalación de un virtual “Estado Policial”. Es sumamente preocupante la militarización de la Patagonia en pos de defender los intereses de los terratenientes e inversores extranjeros por encima de los derechos de la población y, dentro de ella, los derechos ancestrales de los pueblos indígenas protegidos por la Constitución Argentina. La desaparición forzada seguida de muerte de Santiago Maldonado, en circunstancias represivas ilegales de la Gendarmería, y el asesinato por la espalda de Rafael Nahuel, de quien no ha sido probada actitud violenta alguna ni manipulación de armas, deben ser juzgados y castigados según la ley. La sangre de Santiago y Rafael clama al cielo y será un peso en la conciencia del Estado que solo se ha encargado de producir relatos fantásticos, difamaciones, mentiras y ha herido la dignidad y el buen nombre del pueblo mapuche y la familia Maldonado.
Más preocupante aún es la vuelta a un discurso autoritario y represivo que creíamos superado y protegido por la dinámica democrática que tanto nos ha costado construir después de la sangrienta dictadura cívico-militar del ’76. A la ya denunciada presión intimidatoria sobre los jueces y la Procuraduría y la permanente violación de la división de poderes que este gobierno ha impuesto como costumbre, se agrega la instalación de un poder represivo con atribuciones por encima de la justicia y los jueces. La ministra de seguridad dice que “va a creer a la versión de las fuerzas de seguridad” sin necesidad de probar nada y que “ya no tienen límites”. Según el diario Clarín, el presidente Macri afirmó que “hay que volver a la época en la que dar la voz de alto significaba que había que entregarse” “hasta ahora las fuerzas de seguridad eran tan sospechadas como los delincuentes. Necesitamos correr esa raya cultural”.
La dictadura cívico-militar usó la misma lógica para desaparecer personas. El gobierno instala la hipótesis del enemigo interno, culpa de la violencia a grupos virtuales creados por el relato mediático y nos va llevando a un peligroso y perturbador límite entre la democracia y el caos autoritario, cuyo extremo puede llegar al terrorismo de estado. Es el regreso del relato de la doctrina de la seguridad nacional, condenada por el magisterio latinoamericano de la iglesia e instalado a través de las dictaduras militares de los ‘70, que reivindica un modelo económico-político, de características elitistas y verticalistas que suprime la participación amplia del pueblo en las decisiones políticas, elimina derechos y se instala desde una matriz militar-represiva, más allá de que este sea un gobierno en apariencia democrático.
El saqueo del país y la exclusión de las mayorías a través de las falaces reformas laboral, previsional y tributaria, que no son más que la institucionalización del trabajo esclavo, la transferencia indiscriminada de riqueza a las elites del capital concentrado, la pérdida de derechos adquiridos, la retirada del Estado de su rol de protector y garante del acceso a los derechos fundamentales del ser humano, es lo que caracteriza a este gobierno depredador y para sostenerlo recurre a la represión como no habíamos visto en democracia retrotrayéndonos a los peores momentos de nuestra historia.
Es por eso que exhortamos a los legisladores y dirigentes sindicales a defender los derechos de trabajadores y jubilados, y a detener la depredación de los recursos previsionales destinados a las arcas de los prestamistas y al negocio privado de muchos funcionarios del Estado que mantienen la doble vara de gerentes de capitales privados, naturalizando el conflicto de intereses. Apoyamos de corazón la lucha de los espacios sindicales y las asociaciones de trabajadores que han manifestado en el Congreso para detener esta sangría de recursos y derechos de los argentinos.
Repudiamos la represión a los legítimos dueños de la tierra usurpada por millonarios extranjeros y los consiguientes negocios mineros o inmobiliarios y la sistemática mentira de los Medios de Comunicación cada vez más ajenos a la verdad, la sensatez y los aportes para la paz que tanto pregonan.
Nos solidarizamos con las ya numerosas víctimas de este gobierno irresponsable: los 44 tripulantes -cuyo paradero se desconoce todavía- del ARA San Juan, Santiago Maldonado, Rafael Nahuel, los 10 muertos de Iron Mountain, Milagro Sala y sus compañeras presas políticas, y tantos otros.
Tiene razón el oficialista senador Pichetto. “Los curas tenemos que ocuparnos de las cosas de Dios”. Y justamente la vida ultrajada de Rafita, el desfalco a los abuelos y trabajadores que está previsto por este gobierno en el ajuste disfrazado de reforma, el robo de la Patagonia por los extranjeros amigos de Macri a nuestro pueblo mapuche y a todos los argentinos, son “cosas del Dios” que nos mostró Jesús, el amigo de los pobres y excluidos… Ese Dios que Pichetto quisiera que viva en la sacristía, pero está en el cerro esquivando las balas asesinas y en las calles con nuestro pueblo reclamando justicia social.
Esperamos del episcopado argentino un apoyo público a la defensa de los derechos de la población en peligro, una condena pública del manejo autoritario y elitista de las fuerzas de seguridad y la solidaridad con las víctimas de este modelo neoliberal condenado por el Papa Francisco y la doctrina social de la Iglesia.

Una celebración sentida en este mes, es la de María en su soledad. Es importante captar el fondo de esta presencia y la actualidad profética que tiene para que despierte en nosotros y nosotras un compromiso urgente para que la vida sea abundante en nuestra sociedad.
María es una mujer viuda que ha perdido a su hijo…

Hay un episodio en la vida de Jesús que nos ayuda a penetrar en esta situación; nos la presenta el evangelio de Lucas (Lc 7,11-17) en el episodio conocido como la viuda de Naim.

Lucas nos ha descrito la trágica situación de la mujer. Es una viuda, sin esposo que la cuide y proteja en aquella sociedad controlada por varones. Le quedaba solo un hijo, pero también este acaba de morir. La mujer no dice nada. Solo llora su dolor. ¿Qué será de ella?

Imaginemos la escena. Ella desconsolada quiere acompañarlo hasta el final agarrada a las parihuelas donde yace el hijo. Sus primos tratan de separarla: “No toques mujer, no toques, que te haces impura”. Sus hermanos la persuaden para que regrese a casa: “Vuélvete, Sara, quédate con tus hermanas y las vecinas plañideras. Esto es cosa de hombres. Tú quédate en casa, de duelo.”

La mujer sólo se aferra al féretro y llora…
Nos recuerda la escena de María al pie de la cruz…
Con un agravante más; el hijo de esta mujer ha muerto. El de María no ha muerto, lo han ajusticiado, lo han condenado acusándolo de blasfemo (Mt 26,65-68) y de subversivo (Lc 23,1-7 ) y lo han colgado de la cruz que era la muerte destinada precisamente a los subversivos y a los esclavos (Lc 24,13-24).

Jesús la miró, se conmovió y le dijo: “No llores”. Es difícil describir mejor al Profeta de la compasión de Dios. No conoce a la mujer, pero la mira detenidamente. Capta su dolor y soledad, y se conmueve hasta las entrañas. Su reacción es inmediata: “No llores”. No lo piensa dos veces.

la viuda de NaimJesús detiene la procesión de entierro del hijo de la viuda, para que viva el hijo, para que se alegre la viuda, para que todos puedan invertir el gran camino de muerte en que hemos convertido nuestra existencia en el mundo.

En Naim, Jesús toca, compadeciéndose, el féretro del hijo de una viuda, y dice: “Muchacho, yo te lo digo, despierta y ponte de pie sin miedo”. En casa de Jairo, Jesús estrecha fuertemente la mano de la muchacha muerta y grita: “Muchacha, despierta y ponte de pie sin miedo” (Mc 5,41).

Jesús no tiene miedo de la impureza de la muerte; quiere luchar y lucha en contra de ella, a favor de la vida. Jesús rompe el tabú de la muerte: Toca el féretro, grita al muerto y le dice que se levante. Ésta es la palabra clave de Jesús: Que el hijo de la viuda se levante... que retome su camino.
Jesús quiere que la viuda pueda vivir, que tenga alguien que la acompañe… Jesús entregó el muchacho a su madre… Son ellos los que tienen que terminar la historia.

Jesús no ayuda sólo a la viuda, sino que levanta a su hijo, no dejando que lo entierren, para dárselo de nuevo a la madre, diciendo a todos que ofrezcan un espacio de vida para viudas y extranjeros, para huérfanos y enfermos.

No ayuda pasivamente a la viuda, dejándola sometida (en una casa de encerramiento), sino que le da a su hijo, para que ambos inicien un camino nuevo, activo, comprometido, en el seno de la comunidad.

maria al pie de la cruzRecordemos a Jesús y María al pie de la cruz: "Mujer, aquí tienes a tu hijo" (Jn 19,26).

El gesto recoge la mejor tradición de Israel y de Jesús que se ha ocupado de un modo especial de los “marginales” de la sociedad. Las viudas, las mujeres sin protección legal o económica, son un signo de todos los necesitados, en especial de las mujeres abandonadas y oprimidas, maltratadas y excluidas, en un mundo que sigue estando dominado por principios de tipo patriarcal.

El centro de la Comunidad de Jesús lo forman los huérfanos y viudas; estas viudas forman junto con los huérfanos y extranjeros, con los hambrientos y sedientos, los desnudos y encarcelados el principio y centro de la Iglesia (Mt 25, 31-46).

El relato no insiste en el aspecto prodigioso de lo que acaba de hacer Jesús. Invita a sus lectores a que vean en él la revelación de Dios como Misterio de compasión y Fuerza de vida.

Pensemos en Ayotzinapa, pensemos en Ayacucho, pensemos en Siria, pensemos en… en… en…

Estamos cayendo, cada vez más, en la desgracia de construir un mundo de viudas y sin hijos; de mujeres abandonadas y utilizadas, sin concederles más iniciativa que la de asistir al entierro de sus hijos sin nadie que las defienda; mujeres condenadas a la soledad o la opresión.

María en la soledad, la madre viuda de un hijo asesinado injustamente, nos recuerda la propuesta y el desafío planteado por Jesús en Naim y en su propia muerte: ¿Cómo revertir este camino de muerte?

La Iglesia actual, si quiere ser fiel a Jesús, tendrá que asumir la defensa y promoción de las viudas, es decir, de las mujeres “sin fortuna”, utilizadas, solas, manejadas. Serán ellas, como María en Jerusalén (Hech 1,12-14), las que levanten la Iglesia; ellas, las más importantes, las iniciadoras de una nueva comunión humana, desde su conocimiento sufrido, desde su esperanza.

Desde las comunidades de Jesús se tiene que escuchar un grito de indignación absoluta: “el sufrimiento de los inocentes ha de ser tomado en serio” como dice Francisco; no puede ser aceptado socialmente como algo normal pues es inaceptable para Dios. ¿Qué podemos hacer en nuestros grupos y comunidades para recuperar cuanto antes la compasión como el estilo de vida propio de los seguidores de Jesús?

Crear un mundo donde puedan vivir los pobres y las viudas, los huérfanos y enfermos, los extranjeros y encarcelados, constituye un elemento esencial de la vida de la Iglesia porque es el núcleo del Reino.

La memoria de María y en estos días la de Mamá Angélica deben comprometernos para contrarrestar esta sociedad cada vez más llena de viudas desesperadas buscando a sus muertos.

 

REPENSAR1Sin duda que la devoción al Sagrado Corazón es una de las devociones más extendidas y arraigadas en el pueblo cristiano; es común ver en las casas su imagen e incluso es frecuente encontrarlo en calendarios, estampas y almanaques.

Sin embargo, esta abundancia contrasta con la escasez que encontramos en el nuevo testamento; llama la atención porque en los textos de los evangelios encontramos solamente un texto que hable del corazón de Jesús: “Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana”. Mt. 11:28-30

¿Sería, entonces, una devoción no muy bíblica?

A partir del siglo XVI, que es cuando se propaga esta devoción, comenzamos a atribuir a Jesús una serie de elementos que en nuestra cultura occidental son atribuidos al corazón. Entendemos el corazón como el lugar de los sentimientos. Además quedó rápidamente reducida al momento de la cruz y pasó de ser el sujeto que sirve de modelo a ser el objeto al que debe ser destinado nuestro propio sentimiento.

“La devoción al Corazón de Jesús ha existido desde los primeros tiempos de la Iglesia, cuando se meditaba en el costado y el Corazón abierto de Jesús, de donde salió sangre y agua… Su Corazón estaba rodeado de llamas de amor, coronado de espinas, con una herida abierta de la cual brotaba sangre y, del interior de su corazón, salía una cruz… Con estas palabras Nuestro Señor mismo nos dice en qué consiste la devoción a su Sagrado Corazón. La devoción en sí está dirigida a la persona de Nuestro Señor Jesucristo y a su amor no correspondido, representado por su Corazón. Dos, pues son los actos esenciales de esta devoción: amor y reparación. Amor, por lo mucho que Él nos ama. Reparación y desagravio, por las muchas injurias que recibe sobre todo en la Sagrada Eucaristía”.

El corazón real, corporal, histórico, de Jesús va desapareciendo y quedando en segundo plano.

De hecho, en la mentalidad y cultura judaica del tiempo de Jesús, el corazón no es tanto el lugar de los sentimientos y emociones sino el de las opciones y decisiones.  El corazón es lo que se halla en lo más interior; ahí se hallan, sí, los sentimientos, pero también los recuerdos y los pensamientos, los razonamientos y los proyectos; de ahí nace la praxis coherente con la memoria histórica y las opciones asumidas.

Ya decía Oseas que el Dios que ha hecho opción por su pueblo no puede pretender su destrucción; “sólo ante esta idea se le revuelve el corazón” (Os 11,8). Es decir, “cuál es su pensamiento en su corazón, tal es él” (Prov 23,7). Y si ha conducido al desierto a su esposa, es para hablarle de nuevo al corazón” (Os 2,16). De ahí nacerán nuevas re-opciones y nuevas re-decisiones; por eso, habrá una nueva alianza que nace de un nuevo corazón (Jer 31,33; 32,39; 24,7; Deut 29,3).

El corazón de Jesús es, entonces, el del gran proyecto del Reino; el de la decisión de comprometer la vida en la defensa de los excluidos y excluidas; el de las opciones que van a ser consideradas y juzgadas como heréticas y subversivas y que desembocarán en la muerte de cruz.

Nuestra devoción al corazón de Jesús debería ser, entonces, la que nos impulse a revisar nuestras opciones, nuestras decisiones y compromisos.

Una vida religiosa que como dice Pablo “con el corazón crea para la justicia (Rom 10,9-10).

Si las opciones reales de la vida religiosa no son las de Jesús en un serio compromiso con los excluidos y excluidas para la justicia, la equidad y la libertad, tendría que escuchar el mismo reproche que los fariseos: “Bien profetizó Isaías de ustedes, hipócritas: este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está muy lejos de mí” (Mc 7,6). Por mucha piedad y devoción al Sagrado que tuviera.

La vida religiosa debe escuchar el llamado que se hacía a las comunidades joaninas: “el que tiene bienes de este mundo y ve a su hermano tener necesidad, y cierra contra él su corazón, ¿cómo mora el amor de Dios en él?” (1Jn 3,17).

La vida religiosa, como dice Oseas, debe volver al desierto, ahí donde nació, a revisar sus decisiones, opciones, prácticas y compromisos para renovar su alianza y recuperar o fortalecer su identidad en el seguimiento de Jesús. Una comunidad de seguidores y seguidoras de Jesús debe tener “un solo corazón”; un solo compromiso como el de Jesús que la comprometa en la lucha para que “no haya pobres entre ellos”  (Hech 4,32-33).


JBMC

Esta página nos invita a re pensar
Hoy con el “Sagrado Corazón”…  ¿sentimientos, devociones?
¿Decisiones, compromisos al modo de Jesús?

RE- PENSEMOS…

EL ESPÍRITU ESTÁCRP - CONFER continúa presente en acciones solidarias ante las consecuencias posteriores a las inundaciones del Niño Costero saliendo de prisa al encuentro

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