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SAN OSCAR ARNULFO ROMEROAcabamos de celebrar la canonización de Romero...

Y una primera constatación, es que Romero no necesitaba ser canonizado; ya el pueblo lo había reconocido hace mucho tiempo. Ni nosotros necesitábamos que lo canonizaran para reconocerlo; ya lo habíamos reconocido también hace mucho tiempo.

Inclusive, esta canonización corría el riesgo de quitarle valor a la primera y original. Hace años ya lo había expresado Don Pedro Casaldáliga: «Que no canonicen nunca a san Romero de América, porque le harían una ofensa. Él es santo de un modo muy particular. Ya está́ canonizado. Por el Pueblo. No hace falta nada más». Se lo decía yo a Jon Sobrino cuando visité el sepulcro del arzobispo mártir. Le decía: “Mira, Jon, que a nadie se le ocurra canonizar a Romero, porque sería como pensar que la primera canonización no sirvió́”…». (Pedro CASALDÁLIGA, El vuelo del Quetzal. Espiritualidad en Centroamérica, Managua 1988, p. 10).

El reconocimiento de los santos por la Iglesia (eso es la canonización) pertenece al “sensus fidelium”, o sea la percepción de esa santidad por parte del pueblo de Dios. Los primeros santos fueron “aclamados” por ese pueblo que reconocía objetivamente e intuitivamente ese seguimiento de Cristo en ellos y ellas. Entre ellos de manera especial se encuentran los y las mártires, reconocidos y reconocidas desde los primeros siglos de la Iglesia como los que dieron testimonio del seguimiento hasta las últimas consecuencias.

El valor y la importancia de esta canonización están en otra dimensión. Va en la línea de la reivindicación… Ahora Romero pasa a ser modelo propuesto no solo para los y las que ya lo teníamos como tal; es modelo propuesto para todos y todas en la Iglesia. Incluso para los que nunca creyeron en Él y hasta lo repudiaron y condenaron.

Francisco, hablando de él, ha dicho; “Romero fue mártir dos veces: cuando lo asesinaron y cuando sus propios hermanos obispos lo difamaron, calumniaron y arrojaron tierra sobre su nombre".

Esta canonización y en el momento actual, me recuerda la parábola del samaritano, en la que Jesús propone como modelo para los sacerdotes, levitas, fariseos y todos los judíos, al que había sido considerado hasta entonces como el enemigo, el impuro, el hereje. Al escuchar esa parábola de Jesús, me imagino la reacción de aquel auditorio… ahora me imagino la reacción de todo ese sector de la iglesia que se opone y lucha contra la reforma evangélica de la iglesia.

Al reivindicar a Romero y proponerlo como modelo, también se reivindica el modelo de iglesia que Él representa: la iglesia del Vaticano II; la iglesia de Medellín y Puebla; el modo de ser iglesia plasmado en las cebs; la iglesia comprometida con los y las pobres en la lucha por la justicia.

Romero representa un modelo distinto de presbiterado y de episcopado; un modelo distinto de seguimiento de Jesús; un modelo distinto de espiritualidad y experiencia de Dios y ese modelo, ahora, después de ser tan atacado. Denigrado y combatido, es reivindicado y propuesto como el modo de vivir el compromiso creyente para todos y todas.

Por eso es tan significativo que haya sido canonizado junto con Paulo VI. Como dijo el mismo Francisco: "Pablo VI y Romero son profetas de una Iglesia extrovertida que mira a los lejanos y cuida de los pobres".

Con Romero, se canoniza a la Iglesia de los pobres y el martirio por la libertad, especialmente en América Latina. Con Nunzio, a los jóvenes. Con Nazaria, a las mujeres valientes. Pobres, mujeres, jóvenes son tres de los ejes de esta reforma de la Iglesia con la que sueña Francisco y contra la que luchan muchos que, hoy, habrán bajado los ojos y se habrán mordido los labios al ver al arzobispo mártir del Salvador y a Pablo VI elevados a los altares.

En la homilía, toda ella centrada en la Palabra del evangelio, Francisco seguía diciendo: “Pidamos la gracia de saber dejar por amor del Señor: dejar riquezas, dejar nostalgias de puestos y poder, dejar estructuras que ya no son adecuadas para el anuncio del Evangelio, los lastres que entorpecen la misión, los lazos que nos atan al mundo. Sin un salto hacia adelante en el amor, nuestra vida y nuestra Iglesia se enferman de «autocomplacencia egocéntrica» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 95).”

Seguía diciendo: “Jesús cambia la perspectiva: de los preceptos observados para obtener recompensas al amor gratuito y total”.

Y lo concretizaba muy claramente: “Pablo VI lo hizo, siguiendo el ejemplo del apóstol del que tomó su nombre. Al igual que él, gastó su vida por el Evangelio de Cristo, atravesando nuevas fronteras y convirtiéndose en su testigo con el anuncio y el diálogo, profeta de una Iglesia extrovertida que mira a los lejanos y cuida de los pobres”.

“Es hermoso que junto a él y a los demás santos y santas de hoy, se encuentre Monseñor Romero, quien dejó la seguridad del mundo, incluso su propia incolumidad, para entregar su vida según el Evangelio, cercano a los pobres y a su gente, con el corazón magnetizado por Jesús y sus hermanos”.

“Como se dice de Romero: "los pobres le ayudaron a leer el evangelio".”

Francisco mismo nos lanza el desafío que nace de esta canonización: “Arriesguémonos a secundar sus pasos en esta historia que vivimos y en esta Iglesia que aún está tan lejos de ser servidora y "pobre y para los pobres".

¡Imaginemos!
Soñemos un poco…

Imaginemos que Francisco realmente se decide a aplicar la “tolerancia cero”, que lo logra (que es otro asunto aparte) y que son obligados a apartarse del ministerio todos aquellos que estén implicados por acción, por complicidad o por negligencia en todos estos casos de pederastia y en los que todavía se van a destapar…

¿Cuántos obispos, cardenales y presbíteros deberían dejar el ejercicio del ministerio?

Imaginemos que son apartados los 300 presbíteros acusados en Filadelfia… o los 400 de Irlanda… o los 1880 de Australia… o los 300 depredadores de Pensilvania… y todo el resto… Sería numéricamente imposible sustituirlos…

¡Tendríamos que comenzar a pensar y organizar y vivir en iglesias locales sin presbíteros!

Imaginemos que Francisco les acepta la renuncia a los obispos chilenos que han reconocido como conferencia episcopal que todos han sido responsables y cómplices de la situación… ¿Dónde va a encontrar de golpe 34 obispos para sustituirlos?

¡Tendríamos que comenzar a pensar, organizar y vivir en iglesia locales sin obispos!

La realidad, la simple realidad numérica, nos está diciendo que el modelo eclesial constituido en base a cardenales, obispos, párrocos, etc. ¡Ya no es viable!

Hay muchos presbíteros y obispos y cardenales excelentes; pero su existencia no nos puede hacer dejar de ver la realidad del colapso del modelo de Iglesia.

La alternativa es radical: o no hay tolerancia cero o no hay suficientes presbíteros y obispos para sustituir a todos lo que deben ser apartados del ministerio.

Y eso sin entrar al tema teológico de la eclesiología; o al tema de género del lugar de la mujer en las estructuras eclesiales; o al tema del lugar del laicado con un pleno reconocimiento de su bautismo; o al tema de las estructuras y procesos de formación; o al tema del ejercicio del poder; etc. Habría que abordar, además, las causas que han llevado a esta crisis del modelo eclesial.

Otro tema aparte es de la credibilidad. El obispo de Pensilvania acaba de afirmarlo al hablar del sínodo de la juventud: "En la actualidad, los obispos no tendrían ninguna credibilidad al referirse a este tema".

Se trata, como han dicho, de un cáncer con metástasis que alcanza a todo el cuerpo eclesiástico: cardenales, obispos, sacerdotes, miembros de la Curia romana, congregaciones religiosas, educadores en seminarios, noviciados y colegios religiosos, etc.

La simple realidad numérica nos dice que el modelo actual ya no se puede sostener. Si lo leemos como signo de los tiempos, al estilo de Jesús, las consecuencias y los desafíos son muy claros…

¡Otro modelo de Iglesia es posible y necesario y urgente!

En su encuentro con las víctimas en Irlanda, Francisco ha afirmado: "Jesús está llamando desde dentro para que le dejemos salir de esta Iglesia llena de corrupción y suciedad".

Nos encontramos ante el desafío y la oportunidad de dar el paso a otro modelo eclesial. Recordando el aniversario de Medellín y el camino de Puebla y Aparecida encontramos la posibilidad de retomar ese camino que se había iniciado y que luego fue tan atacado por la iglesia clerical: La Iglesia de los pobres en Comunidades Eclesiales de Base. Una Iglesia no clerical, no centralizada, construida desde la base a partir de los múltiples ministerios laicales, con relaciones horizontales y no jerárquicas, con participación abierta de mujeres y varones y en la que nadie es excluido por ninguna razón, abiertas al diálogo con todas las otras experiencias religiosas, insertas en la realidad del pueblo y con fuerte compromiso para el crecimiento del Reino.

¿Se atreverá Francisco a llevar la tolerancia cero hasta sus últimas consecuencias? ¿Podrá hacerlo? Lo que está en juego es muchísimo, por eso las resistencias y los ataques para frenarlo y hasta quitarlo.

No basta con decir de palabra que lo apoyamos y rezar por Él. Se trata de empujar también nosotros y nosotras para que el cambio de modelo se realice. En la reunión de Francisco con los jesuitas de Irlanda quedó planteada la pregunta: "¿Qué puedo hacer yo para descubrir los abusos ocultos y ayudar a las víctimas para que sigan adelante?".

Atención también a nuestras mismas estructuras de congregación que pueden estar repitiendo el modelo inviable y antievangélico de Iglesia. Abuso sexual, abuso de poder y abuso de conciencia van juntos, ha dicho Francisco.

Eucaristía Compartida imagen

En la cena del Señor se percibe el latir profundo del mensaje evangélico, la misión mesiánica de Jesús de Nazaret.

En cambio, podría decirse que las misas católicas, que se celebran en una capilla recogida y silenciosa con la asistencia de pocas más personas que el oficiante o como espectáculo de masas en un lugar público para magnificar algún evento histórico, aunque no sea religioso, tienen muy poco del epicentro del cristianismo que al comer un alimento compartido, interpela sobre el inequidad y compromete a una decidida acción comunitaria de compartir la vida.

Sin duda, las misas en soledad tienen gran intimismo y las celebradas con asistencia de masas, mucho brillo protocolario y un ambiente festivo espectacular, y hasta contagian emoción, pero la eucaristía es otra cosa.

No se puede celebrar la eucaristía como cumplimiento más o menos rutinario de un precepto eclesial.

El contraste brota en el hecho de ponerse de rodillas en actitud de adoración ante un alimento. Jesús está realmente presente en el pan y el vino, pero lo hace a través de su significado natural. Su presencia se reduce a convertirse en comida y bebida compartidas y, por eso, de salvación.

De ahí que la eucaristía deba limitarse necesariamente, por exigencia inapelable de los signos y elementos usados por Jesús, a ser comida y bebida. Todos los sacramentos tienen un alcance limitado a la significación natural de su propio soporte material. Se deforman cuando se sobrepasan los límites naturales de su soporte significante, en nuestro caso el alcance natural de pan y vino.

Urgidos por visiones que achicaban la eucaristía, la teología medieval dirigió su atención de forma muy desviada hacia el tema de la “presencia real”. El enorme esfuerzo desplegado en ese campo dio como resultado una especie de caricatura del “sacramento” al convertir el “signo” (el pan como alimento y el vino como bebida) en personificación de lo significado (presencia personal).

La insistencia machacona en la “presencia real” vino a “cosificar” a Jesucristo, pues el pan y el vino son cosas y no personas. Por eso, al identificar “presencia real” y “presencia personal”, la oportunista argumentación teológica encontró el terreno abonado para crear la figura de “Jesucristo sacramentado”. Con tal soporte, nada más fácil que fomentar la genuflexión, la adoración y el encuentro emocional.

Y perder la mesa, el compartir, la solidaridad y el compromiso para que a nadie le falte pan.

Por otro lado, la costumbre de guardar las “especies sacramentales” en un sagrario, como si de una nevera o de una prisión se tratara, posibilitó la extendida práctica cristiana de acudir a las iglesias para conversar con Jesucristo, hacerle compañía y aliviar su soledad por su abandono en templos vacíos. “Vamos niños al sagrario que Jesús llorando está…”, nos enseñaban a cantar. Práctica espiritual conmovedora, pero ajena a lo que realmente es la eucaristía.

El alimento eucarístico, capaz de desencadenar un proceso revolucionario de conversión y transformación social, se convirtió en un pietismo estéril, en un “buenismo” paralizante. El transformador de la conducta y la sociedad humanas derivó en trato personal e íntimo con Jesucristo.

Como consecuencia, no es extraño que se construyeran grandes templos para hospedar dignamente al Señor, cuando el cristianismo auténtico no necesita ninguno, pues todos nosotros somos templos de Dios (1 Cor 3,16) y Jesús está presente en los más necesitados (Mt 25) ni que se fabricaran lujosísimas custodias para exhibirlo con gran solemnidad por las calles de pueblos y ciudades. Teniendo en cuenta la categoría del huésped de los sagrarios, nadie se escandalizó de que se utilizaran para el culto deslumbrantes riquezas, la mayor parte de las cuales provenía de personas tan pobres que ni siquiera gozaban de una mínima calidad de vida. El lugar de reunión de la comunidad quedo convertido en el lugar en que se encuentra Jesús como si no estuviera en la realidad cotidiana.

La consecuencia de todo eso fue que el exigente espíritu misionero, que debía tener la fuerza fermentadora de la levadura, derivara hacia una tranquila espiritualidad de consolación y acompañamiento.

De aquí nacen cosas extrañas pero supervaloradas, como la de recoger cuidadosamente hasta la más mínima partícula que se desprenda de la sagrada hostia para que Jesucristo no sea pisoteado; o la del seminarista de la película "El Renegado” que, para evitar su profanación, se emborrachó hasta el tope al beber de un trago una jarra de vino, consagrado en un bar por un cura apóstata en un acto de escarnio sacrílego.

Sin embargo, las especies sacramentales solo sirven para ser comida y bebida. Se trata de una presencia mediada por el alcance de un signo, elegido por Jesús, que no puede ir más allá de su condición natural de ser comida y bebida. Presencia real, pero solo para ser pan de vida y bebida de salvación. Todo lo demás que se atribuya a la eucaristía o se haga con ella, por muy conmovedor que sea, nada tiene que ver con su propia esencia cristiana y su trascendencia humana.

Una antigua tradición cristiana se fijaba en que el pan y el vino eucarísticos estaban formados por muchos granos de trigo y de uva respectivamente, y en ellos se vio simbólicamente a los seres humanos. El ritual de la consagración se celebraba con la conciencia de que en las especies sacramentales estaban presentes también todos los participantes y, por extensión, todos los demás.

El proceso seguido por dichos granos para convertirse en especies eucarísticas inspiró una hermosa y exigente ascética cristiana: los de trigo se someten a la hoz, a la molienda y a la cocción, y los de uva, a la tijera de la vendimia, al pisado en el lagar y a una lenta fermentación. Se trata de un abanico de acciones contundentes, profundamente transformadoras de la conducta, en un proceso incesante de conversión, duro y exigente, que lleva a desechar el oropel de los contravalores de moda para enriquecerse con los valores del evangelio.

Aspectos fundamentales de esa rica tradición; en la eucaristía también estamos presentes los seres humanos y lo hacemos en un proceso permanente de reajuste de nuestros comportamientos egoístas. Somos granos de trigo y de uva de una sola eucaristía, lo que hace que seamos comida y comensales al mismo tiempo, por lo que, al comulgar, no solo Jesucristo es nuestro alimento, sino también los unos de otros. Algo rechina en el doble precepto eclesial de “oír misa” todos los domingos, como si se tratara de un concierto, y de comulgar una vez al año. ¿Es lógico ser invitado a una cena, acudir a ella y no cenar?

En el hecho de comer a Jesucristo y de comernos unos a otros, lo que se come y se bebe es el pan y el vino convertidos en signo. No se trata, pues, de devorarse unos a otros, como sucede tantas veces en tantas comunidades cristianas y religiosas, sino de formar una comunidad fraterna y sororal. Ese es el significado de la eucaristía y ahí radica una fuerza capaz de cumplir nuestro profundo anhelo de una forma de vida humanizada.

Comulgar desencadena un proceso de mucha más trascendencia que adorar a Jesucristo en las especies sacramentales; entraña una dinámica de transformación radical de la vida humana.

Compartir el pan con equidad: no es cristiano que unos se atiborren y otros pasen hambre (I Cor 11). Difícil tarea la de compartir en un mundo que ha entronizado el tener y adora el becerro de oro. Comer dignamente el pan eucarístico exige, pues, interpelar, denunciar y transformar la inequidad, tan cuidadosamente cultivada en nuestro sistema social, y combatir el hambre mortal de tantos seres humanos.

Para adorar y consolar a Jesucristo, podemos y debemos verlo pidiendo ayuda por los espacios abiertos de nuestras ciudades o acostado al abrigo de puentes y portales, donde se guarecen los seres humanos más desvalidos, como tanto repetían los padres de la Iglesia. En cualquier lugar donde nos crucemos con un ser humano por miserable que sea. En todos ellos está él personalmente presente: “… a mí me lo hicieron” (Mt. 25,40).

De la mesa del altar a la mesa de la vida… No hay Eucaristía sin pobres…

Solo hay, pues, una forma correcta de adorar hoy a Jesucristo: postrarse ante los seres humanos (Jn 13), especialmente ante los pobres y los desheredados de la vida. No procede ponerse de rodillas ante el pan y el vino consagrados, y luego no hacerlo ante un vagabundo, un desarrapado y una prostituta o un homosexual.

No se laven la cara con limosnas y caridades… Lávense la cara con justicia, con solidaridad, con igualdad, con fraternidad y sororidad.

No se tapen la cara con festejos, con solemnidades, con músicas, con cantos, con peregrinaciones, con imágenes, con atuendos, con inciensos, con ayunos, con menudeo de plegarias, con peticiones y peticiones; “ya sé de sobra lo que necesitan”; lo que me agrada son oraciones de compromiso con los oprimidos y maltratados del mundo. Así repiten los profetas y el profeta Jesús.

La presencia de Jesús en la Eucaristía, para sentarnos en torno a una misma mesa, compartir un mismo pan y amarnos como hermanos y hermanas como Él nos amó; nos exige analizar si la realidad de nuestra vida y de nuestro mundo es coherente con la Eucaristía que celebramos.
Jesús, con Isaías (1,10-18), ya nos dijo entonces y nos dice hoy:

Detesto sus misas, sus custodias, sus ropajes, sus procesiones, sus calles cubiertas de flores, sus músicas, sus procesiones…

porque:

- Llegaron a sus ciudades miles de niños africanos y venezolanos y guatemaltecos, y… y… y… completamente solos, a los que no les han prestado la más elemental atención, y en cambio gastan todos los domingos millones en fútbol que no sirve para nada más que para meter millones en los bolsillos de unos pocos.

- Me tienen muriendo de hambre en, África, América, la India, Bangladesh…, un hambre que me obliga a huir de mi casa y de mi tierra, afrontando mil abusos y peligros, mientras que gastan millones en desfiles militares y reducen a una miseria la cooperación internacional.

- Me roban mis minerales en el Níger para las centrales nucleares, mi coltán en el Congo para sus celulares, computadoras y televisores; me pagan una nada por un kilo y después los venden a precios altos, mientras yo aquí me muero de hambre.

- Sus multinacionales, sus bancos y sus dueños son cada vez más ricos, y empobrecen cada vez más al resto de mis hermanos y hermanas.

- Compran mi tierra a los gobiernos corruptos de mi país en Angola, Kenia, Zambia, Liberia, Senegal, Malí, Benín y otros muchos países de África o América del Sur, y a mí no me queda ni para cultivar un poco de maíz para alimentar a mi familia.

- El dinero de la venta va parar a los paraísos fiscales, y yo tengo que abandonar la familia y emigrar.

Por eso les tengo que decir “¡Ay de los que juntan casa con casa, y campo a campo, hasta ocupar todo el sitio y quedarse solos en medio del país!” (Is 5,8). Me despojan del derecho a la tierra y al agua, “porque tus jefes, revoltosos, se han aliado con bandidos; tus jueces aman el soborno y van tras los regalos; mientras no hacen justicia al huérfano” (Is 1,23).

Porque:

- Me siguen desalojando de mi casa todos los días por no poder pagar el alquiler, y luego sus gobiernos presumen de recuperación; ¡será la de los ricos; porque la de los pobres, no!
- Incluso trabajando todo el día no llego fin de mes.

- Me hacen sufrir día y noche pensando si el trabajo que tengo hoy todavía lo tendré mañana; y me hacen firmar una nómina por una cantidad, pero me pagan menos trabajando más 10 horas diarias todo el mes.

- Me explotan como mano de obra de miseria, incluso en los niños, en las maquilas textiles de Bangladesh, el norte de África o de Perú y México, para lucir sus trajes y modelitos, incluso en la fiesta del corpus.

- En Guatemala y en Puno uno de cada dos niños y niñas menores de cinco años padecen desnutrición crónica.

- En un solo año quedan embarazadas miles de niñas y adolescentes, la mayoría de ellas producto de una violación, incluso de su padre o su hermano. Las mujeres siguen siendo víctimas de la violencia y el abuso.

- Llenan mis costas de residuos radiactivos y por eso me estoy muriendo de cáncer, y llenan de basura plástica continentes y mares, eliminando cada día especies animales.

- Me matan con sus armas en Siria, el Congo, Afganistán, Sudán, Irak..., destruyendo mi casa, mi escuela, mi pueblo, dedicando billones a gastos militares para matar, en vez de dedicarlos para la vida de los millones de personas en las que paso hambre todos los días.

“Por eso me tapo los ojos para no ver, detesto sus solemnidades, y aunque eleven las manos y repitan la plegaria yo no oigo, porque sus manos están llenas de sangre” (Is 1,13-15). Me reciben en la “comunión” y luego me vomitan con sus injusticias contra los más pobres de la tierra.

Porque:

- Me da asco la corrupción de sus políticos y empresarios, de sus corruptos y corruptores, de sus casas de lujo, de sus lujosas oficinas y sedes bancarias, mientras que yo tengo que vivir en “casas” sin agua, sin luz, sin ventanas, sin techo.

- No puedo ver sus pompas, báculos, ropas, mitras y solemnidades; sus órganos, altares, sagrarios e iglesias lujosas, porque me tienen abandonado y lleno de miseria en los basureros de las ciudades o en los campos de refugiados; ¿no ven que es ahí donde yo necesito realmente de su justicia?

- porque hay cientos clérigos de todo el mundo, junto con muchos obispos y cardenales, que no apoyan al hermano Francisco en su lucha por renovar mi iglesia contra la corrupción de la pederastia, el clericalismo y el poder del dinero para hacerla coherente con mi Evangelio, y así poder alzar con dignidad su voz contra las injusticias y los injustos de este mundo.

porque:

- Tiran millones de toneladas de comida y ropa a la basura mientras millones de hermanos y hermanas míos se mueren de hambre y frío. No necesito de sus caridades, sino de su justicia.

- Cada día maltratan más a la Madre Tierra, la contaminan, la deforestan, la alteran genéticamente, matan su vida, no se consideran sus hijos ni la cuidan como Buena Madre. Cuando gastan más de lo necesario están siendo injustos conmigo y con ella.

- Acuden presurosos a peregrinaciones para visitar santuarios y lugares de culto, pero no acuden a verme en el santuario de los pobres del Tercer Mundo donde el hambre y la sed me llevan todos los días a la muerte en muchos miles de personas.

Por todo eso, sus fiestas, misas y solemnidades, no son mis misas, ni mis fiestas, ni mis solemnidades. Con ellas fomentan adoración y devoción, pero yo no necesito eso; lo que necesito es su lucha y compromiso para renovar y transformar mi iglesia, construir una sociedad más humana y un mundo más igual, justo y fraterno.

Por eso les digo: “Lávense, límpiense, quiten sus fechorías de delante de mi vista, desistan de hacer el mal, aprendan a hacer el bien, busquen lo justo, defiendan el derecho del pobre, hagan justicia al abandonado” (Is 1,16-17), devuélvanle lo que le han robado, compartan sus bienes. Construyan una sociedad nueva inundada de justicia, de amor, de igualdad, de fraternidad y sororidad. Entonces su luz brillará como el sol del mediodía, serán hijos de mi Padre, y así nadie vivirá indignamente de sus caridades, ni de lo que tiran como basura en los contenedores de vuestras calles.

En el mundo de hoy, una Eucaristía sin denuncia profética a favor del ser humano y la tierra, no es Eucaristía. La Eucaristía, es la dimensión política del mandamiento del amor fraterno y sororal, que si no llega a los más pobres, tampoco llega a Dios.

Aquella memorable cena donde la comida del cordero pascual recordaba la liberación del pueblo de la opresión y esclavitud de Egipto, nos hace entender que toda Eucaristía tiene que ser amor convertido en lucha por la liberación, dando por tanto dimensión política al mandamiento del amor.

Celebrar la Eucaristía es manifestar el deseo de entrar en ese amén divino y humano que nos ha sido regalado en Jesús el cristo; la conexión del amor de Dios con la humanidad a través de la sencillez del pan, partido y compartido para que todos tengan pan. Desde este pan compartido es posible hacer creíble ante el mundo y los desheredados de la humanidad su presencia real en medio de la historia.

En el pan compartido está la fuerza que nos ayuda a proclamar que el inocente ajusticiado ha sido liberado para siempre y ya tiene alimento de vida eterna para todos, especialmente para los que sufren. Nos enseña, sin descanso, que es posible la justicia, la compasión y la misericordia; que no se impone la farsa de los que desnudan al desnudo y despiden vacíos a los hambrientos, y que ya hay una palabra definitiva de fraternidad, sororidad y de pan compartido, que es imparable en la historia. Hay destino y sentido, hay un amén de la verdad, la vida y la luz.

Se trata de un memorial que nos conecta con Dios Padre, en el Hijo por el Espíritu, y que desde su amor nos lanza a ser nosotros huellas de dignidad y de justicia en medio de la historia. Es esta fe la que nos alimenta y nos mueve a ser humanos, compasivos, solidarios, justos; a vivir la verdadera fraternidad en la que se cuaja la paz que nace de la igualdad.

Los Padres de la iglesia nos decían que si no hay justicia, la Eucaristía se vacía de sentido; no podemos ni recibir ni adorar a Cristo en la Eucaristía, ni acercarnos a él, sin pedir el “pan nuestro de cada día”, el de la dignidad de todos los seres humanos y de saber pedirlo con nuestras vidas diarias. La verdadera adoración a Cristo en el misterio de la Eucaristía nos lleva a reconocerlo en el rostro de todos nuestros hermanos y hermanas, especialmente en los más necesitados y crucificados de la historia.

La presencia real de Cristo en la Eucaristía nos está pidiendo entrar en el verdadero camino del amén cristiano, aquél que se verifica en la entrega radical a favor de los hermanos con el deseo que tengan vida abundante. Hoy, como nunca, el reto está en que la presencia real de Cristo llegue como sanación, consuelo, verdad y libertad a todos los que sufren, especialmente a los pobres; en saber dejar huellas de justicia y dignidad en esta sociedad nuestra tan necesitada de compasión y de misericordia.

Ya no hay Trinidad sin pobres; ya no hay Trinidad en la que los pobres no estén como hijos.

Con Jesús, pan compartido, aprendemos las palabras clave de esta divinidad que llamamos misterio de la Trinidad: Dios-Padre, Hijo-amado, Espíritu de Dios.

Escuchando a Jesús, podemos aprender a unir esas palabras según la relación correcta: "Quien me ha visto a mí ha visto al Padre... Yo estoy en el Padre y el Padre en mí... Yo le pediré al Padre que les dé otro Paráclito, el Espíritu de la verdad". "Yo y el Padre somos uno". Que lo expresa también en la siguiente relación: “Como el padre me amó, así los he amado yo; ahora ámense unos a otros como yo los he amado”.

No hay Trinidad sin “ustedes”, hombres y mujeres unidos por el amor del hijo Jesús; no hay Trinidad en quien no estemos como hijos e hijas; no hay en la Trinidad Hijo de Dios sin “ustedes”; y no hay “ustedes” sin Espíritu Santo de Dios. Por la fuerza de ese Espíritu y con ese Hijo en el que somos hijos, aprendemos a decir: «Abba, Padre».

Pero el Hijo con quien estamos en comunión, es un Hijo pobre, humillado, perseguido, crucificado.

Por eso, ya no hay Trinidad sin pobres. Ya no hay Trinidad en la que los pobres no estén como hijos e hijas. Ya no hay pobres en los y las que el Hijo de Dios no salga a nuestro encuentro.

Fuera de los pobres no hay salvación

Aprendimos a creer y amenazar con que “fuera de la iglesia no hay salvación”; después aprendimos a creer y testimoniar que “la iglesia es un sacramento universal de salvación”; en América Latina aprendimos a creer y comprometernos para que “la iglesia sea un sacramento histórico de liberación”; ahora, como nos señala Francisco, tenemos que aprender a creer y hacer realidad que “fuera de los pobres no hay salvación”.

Oímos, aprendimos y contamos que Dios puso su tienda entre nosotros, y preparó para todos y todas el banquete de su reino; un festín de vida abundante para todos y todas.

Oímos, aprendimos y contamos, cada vez que celebramos la eucaristía, que Jesús, "la noche en que iba a ser entregado, tomó pan, y dando gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos", y declaró que aquel pan, del que todos habíamos de comer, era su cuerpo entregado por nosotros.

Comulgando, compartiendo el pan, construyendo la mesa común, aceptamos ese cuerpo entregado, recibimos a Jesús, nos hacemos de Jesús, para ser todos, en Jesús, un solo cuerpo, un solo Cristo.

Entonces, el mismo Espíritu de Jesús nos impulsa no solo a bajar crucifijos de las paredes, sino a bajar de la cruz a los crucificados de la historia; nos recuerda que debemos aliviar el dolor de Cristo en su cuerpo que son los pobres, y aprendemos, ¡con cuánta lentitud y poco empeño!, que no resulta coherente comulgar con Cristo en la eucaristía y rechazar a Cristo en los pobres; aprendemos que no podemos decir sí a Cristo y decir no a los pobres; aprendemos que no habrá eucaristía para nosotros y nosotras si no recibimos a Cristo en los pobres, si no amamos a los pobres, si no cuidamos de ellos y ellas como presencia histórica de Jesús.

Quien rechaza a Cristo en los pobres, come del pan y bebe del cáliz del Señor indignamente, come y bebe sin discernir el cuerpo, come y bebe su propia condenación (I Cor 11).
Podemos decir como Pablo: “Así he oído y aprendido a Jesús, y así lo voy contando a todos y todas con quienes comparto la vida”.

Nuestra salvación son los pobres en los que Jesús se nos hace presente. Ciertamente, ellos serán la clave con la que se nos abrirá la puerta del reino que Dios ha preparado desde la creación del mundo.

Así nos lo recuerda Pedro Casaldáliga:

Mis manos, esas manos y Tus manos

hacemos este Gesto, compartida

la mesa y el destino, como hermanos.

Las vidas en Tu muerte y en Tu vida.

Unidos en el pan los muchos granos,

iremos aprendiendo a ser la unida

Ciudad de Dios, Ciudad de los humanos.

Comiéndote sabremos ser comida.

El vino de sus venas nos provoca

El pan que ellos no tienen nos convoca

a ser Contigo el pan de cada día.

Llamados por la luz de Tu memoria,

marchamos hacia el Reino haciendo Historia,

fraterna y subversiva Eucaristía.

 

Un gran árbol de navidad, una gran corona de adviento y un nacimiento enorme donde, curiosamente, ya no hay pesebre sino una buena casa y donde no hay pastores sino sólo reyes…

Para iniciar la celebración, después del canto, se nos invita a prender la primera vela de la corona de “Adviento”… Una familia, “nombrada y delegada” por el párroco la enciende con una vela que recibe del “párroco encargado” de esta parroquia. Se nos recuerda, desde este primer momento, que estamos en tiempo de “espera”, preparándonos para la “venida gloriosa” de Jesús.

Un grupo de niños y niñas hace la primera comunión…

La homilía comienza de manera divertida; ya que pregunta a los niños porqué está con ornamentos morados y ellos responden que por el Señor de los milagros… ¡Obvio! ¿No?

Los corrige y vuelve a insistir que es por el adviento, tiempo de espera y de preparación para la “venida” de Jesús. Lo compara con la primera comunión. Ellos han tenido que prepararse para recibir a Jesús que “viene a ellos por primera vez”. La diferencia es que sabían el día y la hora de la primera comunión, mientras que nosotros no sabemos ni el día ni la hora en que “Jesús vendrá glorioso para entregar el mundo al Padre y ahí será el fin del mundo”. Ese día “van a resucitar todos los muertos” y “será el paso a la eternidad”.

Por eso hay que estar preparados, vigilantes, porque no sabemos… en cualquier momento puede venir y tiene que encontrarnos preparados. “El adviento y la navidad son para eso: para prepararnos a la venida gloriosa de Jesús al final de los tiempos”. Que cuando venga, Dios no nos encuentre “distraídos con las cosas de este mundo”…

¿Y cómo prepararnos? Yendo a misa, comulgando (hoy es sólo la primera), rezando, con devoción a María…
Cuando se insiste tanto en que alguien va a venir, significa que ¡no está!
Cuando se insiste tanto en prepararse para recibir a alguien, significa ¡su ausencia!
Cuando se insiste tanto en el futuro y el final, significa que el presente ¡no importa!
Cuando se insiste tanto en el allá, significa que el aquí ¡no cuenta!
Nos preocupamos tanto por el “Maranatha” que nos olvidamos del “Emanuel”…
Vivimos en la dinámica de una visión del apocalipsis y dejamos de lado la de los evangelios…
Vivimos preparándonos tanto para la venida gloriosa de Jesús que se nos olvida que Jesús ya vino… y que “puso su morada entre nosotros”…

Ya vino en la pobreza del pueblo excluido como celebramos, para recordar, en Navidad; aunque muchas veces el síndrome del consumismo navideño desvíe nuestra atención y nos olvidemos de que su venida fue en un establo, según el relato teológico del evangelio, y que la presencia de cada día, de acuerdo a la parábola que llamamos del juicio, es inseparable de los descartados de hoy: migrantes, refugiados, mujeres abandonadas, indígenas, gente sin trabajo, niños de la calle, enfermos y ancianos, prisioneros...

Parafraseando a Tagore podemos decir: "El viene, viene, viene siempre, / en cada instante y en cada edad, / todos los días y todas las noches. / El viene, viene, viene siempre…

Por eso, no se trata de esperar un futuro, una venida que no depende de nosotros, rezando para que no demore o para que demore mucho según la situación de cada uno. Se trata de comprometerse con la presencia permanente entre los y las pobres y excluidos para seguir haciendo surgir el reino y no para esperar un juicio final; no para esperar un fin del mundo sino para empeñarse en la transformación de este mundo.

Curas en la Opción por los Pobres/Noviembre 2017. Texto de Agencia periodística Patagónica.

Los acontecimientos que vive el país nos exigen decir una palabra en el nombre del Dios de la Vida. Creemos que no debemos callar y no rendirle culto a la cautela cuando se trata de la vida o la muerte de los pobres.
Nos preocupan la acelerada disolución del estado de derecho, de las garantías constitucionales y la instalación de un virtual “Estado Policial”. Es sumamente preocupante la militarización de la Patagonia en pos de defender los intereses de los terratenientes e inversores extranjeros por encima de los derechos de la población y, dentro de ella, los derechos ancestrales de los pueblos indígenas protegidos por la Constitución Argentina. La desaparición forzada seguida de muerte de Santiago Maldonado, en circunstancias represivas ilegales de la Gendarmería, y el asesinato por la espalda de Rafael Nahuel, de quien no ha sido probada actitud violenta alguna ni manipulación de armas, deben ser juzgados y castigados según la ley. La sangre de Santiago y Rafael clama al cielo y será un peso en la conciencia del Estado que solo se ha encargado de producir relatos fantásticos, difamaciones, mentiras y ha herido la dignidad y el buen nombre del pueblo mapuche y la familia Maldonado.
Más preocupante aún es la vuelta a un discurso autoritario y represivo que creíamos superado y protegido por la dinámica democrática que tanto nos ha costado construir después de la sangrienta dictadura cívico-militar del ’76. A la ya denunciada presión intimidatoria sobre los jueces y la Procuraduría y la permanente violación de la división de poderes que este gobierno ha impuesto como costumbre, se agrega la instalación de un poder represivo con atribuciones por encima de la justicia y los jueces. La ministra de seguridad dice que “va a creer a la versión de las fuerzas de seguridad” sin necesidad de probar nada y que “ya no tienen límites”. Según el diario Clarín, el presidente Macri afirmó que “hay que volver a la época en la que dar la voz de alto significaba que había que entregarse” “hasta ahora las fuerzas de seguridad eran tan sospechadas como los delincuentes. Necesitamos correr esa raya cultural”.
La dictadura cívico-militar usó la misma lógica para desaparecer personas. El gobierno instala la hipótesis del enemigo interno, culpa de la violencia a grupos virtuales creados por el relato mediático y nos va llevando a un peligroso y perturbador límite entre la democracia y el caos autoritario, cuyo extremo puede llegar al terrorismo de estado. Es el regreso del relato de la doctrina de la seguridad nacional, condenada por el magisterio latinoamericano de la iglesia e instalado a través de las dictaduras militares de los ‘70, que reivindica un modelo económico-político, de características elitistas y verticalistas que suprime la participación amplia del pueblo en las decisiones políticas, elimina derechos y se instala desde una matriz militar-represiva, más allá de que este sea un gobierno en apariencia democrático.
El saqueo del país y la exclusión de las mayorías a través de las falaces reformas laboral, previsional y tributaria, que no son más que la institucionalización del trabajo esclavo, la transferencia indiscriminada de riqueza a las elites del capital concentrado, la pérdida de derechos adquiridos, la retirada del Estado de su rol de protector y garante del acceso a los derechos fundamentales del ser humano, es lo que caracteriza a este gobierno depredador y para sostenerlo recurre a la represión como no habíamos visto en democracia retrotrayéndonos a los peores momentos de nuestra historia.
Es por eso que exhortamos a los legisladores y dirigentes sindicales a defender los derechos de trabajadores y jubilados, y a detener la depredación de los recursos previsionales destinados a las arcas de los prestamistas y al negocio privado de muchos funcionarios del Estado que mantienen la doble vara de gerentes de capitales privados, naturalizando el conflicto de intereses. Apoyamos de corazón la lucha de los espacios sindicales y las asociaciones de trabajadores que han manifestado en el Congreso para detener esta sangría de recursos y derechos de los argentinos.
Repudiamos la represión a los legítimos dueños de la tierra usurpada por millonarios extranjeros y los consiguientes negocios mineros o inmobiliarios y la sistemática mentira de los Medios de Comunicación cada vez más ajenos a la verdad, la sensatez y los aportes para la paz que tanto pregonan.
Nos solidarizamos con las ya numerosas víctimas de este gobierno irresponsable: los 44 tripulantes -cuyo paradero se desconoce todavía- del ARA San Juan, Santiago Maldonado, Rafael Nahuel, los 10 muertos de Iron Mountain, Milagro Sala y sus compañeras presas políticas, y tantos otros.
Tiene razón el oficialista senador Pichetto. “Los curas tenemos que ocuparnos de las cosas de Dios”. Y justamente la vida ultrajada de Rafita, el desfalco a los abuelos y trabajadores que está previsto por este gobierno en el ajuste disfrazado de reforma, el robo de la Patagonia por los extranjeros amigos de Macri a nuestro pueblo mapuche y a todos los argentinos, son “cosas del Dios” que nos mostró Jesús, el amigo de los pobres y excluidos… Ese Dios que Pichetto quisiera que viva en la sacristía, pero está en el cerro esquivando las balas asesinas y en las calles con nuestro pueblo reclamando justicia social.
Esperamos del episcopado argentino un apoyo público a la defensa de los derechos de la población en peligro, una condena pública del manejo autoritario y elitista de las fuerzas de seguridad y la solidaridad con las víctimas de este modelo neoliberal condenado por el Papa Francisco y la doctrina social de la Iglesia.

Una celebración sentida en este mes, es la de María en su soledad. Es importante captar el fondo de esta presencia y la actualidad profética que tiene para que despierte en nosotros y nosotras un compromiso urgente para que la vida sea abundante en nuestra sociedad.
María es una mujer viuda que ha perdido a su hijo…

Hay un episodio en la vida de Jesús que nos ayuda a penetrar en esta situación; nos la presenta el evangelio de Lucas (Lc 7,11-17) en el episodio conocido como la viuda de Naim.

Lucas nos ha descrito la trágica situación de la mujer. Es una viuda, sin esposo que la cuide y proteja en aquella sociedad controlada por varones. Le quedaba solo un hijo, pero también este acaba de morir. La mujer no dice nada. Solo llora su dolor. ¿Qué será de ella?

Imaginemos la escena. Ella desconsolada quiere acompañarlo hasta el final agarrada a las parihuelas donde yace el hijo. Sus primos tratan de separarla: “No toques mujer, no toques, que te haces impura”. Sus hermanos la persuaden para que regrese a casa: “Vuélvete, Sara, quédate con tus hermanas y las vecinas plañideras. Esto es cosa de hombres. Tú quédate en casa, de duelo.”

La mujer sólo se aferra al féretro y llora…
Nos recuerda la escena de María al pie de la cruz…
Con un agravante más; el hijo de esta mujer ha muerto. El de María no ha muerto, lo han ajusticiado, lo han condenado acusándolo de blasfemo (Mt 26,65-68) y de subversivo (Lc 23,1-7 ) y lo han colgado de la cruz que era la muerte destinada precisamente a los subversivos y a los esclavos (Lc 24,13-24).

Jesús la miró, se conmovió y le dijo: “No llores”. Es difícil describir mejor al Profeta de la compasión de Dios. No conoce a la mujer, pero la mira detenidamente. Capta su dolor y soledad, y se conmueve hasta las entrañas. Su reacción es inmediata: “No llores”. No lo piensa dos veces.

la viuda de NaimJesús detiene la procesión de entierro del hijo de la viuda, para que viva el hijo, para que se alegre la viuda, para que todos puedan invertir el gran camino de muerte en que hemos convertido nuestra existencia en el mundo.

En Naim, Jesús toca, compadeciéndose, el féretro del hijo de una viuda, y dice: “Muchacho, yo te lo digo, despierta y ponte de pie sin miedo”. En casa de Jairo, Jesús estrecha fuertemente la mano de la muchacha muerta y grita: “Muchacha, despierta y ponte de pie sin miedo” (Mc 5,41).

Jesús no tiene miedo de la impureza de la muerte; quiere luchar y lucha en contra de ella, a favor de la vida. Jesús rompe el tabú de la muerte: Toca el féretro, grita al muerto y le dice que se levante. Ésta es la palabra clave de Jesús: Que el hijo de la viuda se levante... que retome su camino.
Jesús quiere que la viuda pueda vivir, que tenga alguien que la acompañe… Jesús entregó el muchacho a su madre… Son ellos los que tienen que terminar la historia.

Jesús no ayuda sólo a la viuda, sino que levanta a su hijo, no dejando que lo entierren, para dárselo de nuevo a la madre, diciendo a todos que ofrezcan un espacio de vida para viudas y extranjeros, para huérfanos y enfermos.

No ayuda pasivamente a la viuda, dejándola sometida (en una casa de encerramiento), sino que le da a su hijo, para que ambos inicien un camino nuevo, activo, comprometido, en el seno de la comunidad.

maria al pie de la cruzRecordemos a Jesús y María al pie de la cruz: "Mujer, aquí tienes a tu hijo" (Jn 19,26).

El gesto recoge la mejor tradición de Israel y de Jesús que se ha ocupado de un modo especial de los “marginales” de la sociedad. Las viudas, las mujeres sin protección legal o económica, son un signo de todos los necesitados, en especial de las mujeres abandonadas y oprimidas, maltratadas y excluidas, en un mundo que sigue estando dominado por principios de tipo patriarcal.

El centro de la Comunidad de Jesús lo forman los huérfanos y viudas; estas viudas forman junto con los huérfanos y extranjeros, con los hambrientos y sedientos, los desnudos y encarcelados el principio y centro de la Iglesia (Mt 25, 31-46).

El relato no insiste en el aspecto prodigioso de lo que acaba de hacer Jesús. Invita a sus lectores a que vean en él la revelación de Dios como Misterio de compasión y Fuerza de vida.

Pensemos en Ayotzinapa, pensemos en Ayacucho, pensemos en Siria, pensemos en… en… en…

Estamos cayendo, cada vez más, en la desgracia de construir un mundo de viudas y sin hijos; de mujeres abandonadas y utilizadas, sin concederles más iniciativa que la de asistir al entierro de sus hijos sin nadie que las defienda; mujeres condenadas a la soledad o la opresión.

María en la soledad, la madre viuda de un hijo asesinado injustamente, nos recuerda la propuesta y el desafío planteado por Jesús en Naim y en su propia muerte: ¿Cómo revertir este camino de muerte?

La Iglesia actual, si quiere ser fiel a Jesús, tendrá que asumir la defensa y promoción de las viudas, es decir, de las mujeres “sin fortuna”, utilizadas, solas, manejadas. Serán ellas, como María en Jerusalén (Hech 1,12-14), las que levanten la Iglesia; ellas, las más importantes, las iniciadoras de una nueva comunión humana, desde su conocimiento sufrido, desde su esperanza.

Desde las comunidades de Jesús se tiene que escuchar un grito de indignación absoluta: “el sufrimiento de los inocentes ha de ser tomado en serio” como dice Francisco; no puede ser aceptado socialmente como algo normal pues es inaceptable para Dios. ¿Qué podemos hacer en nuestros grupos y comunidades para recuperar cuanto antes la compasión como el estilo de vida propio de los seguidores de Jesús?

Crear un mundo donde puedan vivir los pobres y las viudas, los huérfanos y enfermos, los extranjeros y encarcelados, constituye un elemento esencial de la vida de la Iglesia porque es el núcleo del Reino.

La memoria de María y en estos días la de Mamá Angélica deben comprometernos para contrarrestar esta sociedad cada vez más llena de viudas desesperadas buscando a sus muertos.

 

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