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2do. Domingo de Adviento - 2016

2016 2do domingo« Está escrito en el Profeta Isaías: ' Yo envío mi mensajero delante de ti para que te prepare el camino. Una voz grita en el desierto: Preparadle el camino al señor, allanad sus senderos' . Juan bautizaba en el desierto: predicaba que se convirtieran y se bautizaran, para que se les perdonasen los pecados. Acudía la gente de Judea y de Jerusalén, confesaban sus pecados y él los bautizaba en el Jordán. Juan iba vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Y proclamaba: 'Detrás de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo'.»

La venida de Cristo exige una continua conversión. El tiempo del Adviento, es una llamada a la conversión para preparar los caminos del Señor y acoger al Señor que viene. El Señor ya no quiere nacer en una cueva, el Señor quiere nacer, ahora, en cada uno de los corazones de los hombres.

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1er. Domingo de Adviento - 2016

Buena esperaYa es adviento. La Iglesia nos invita a prepararnos para recibir al Señor. Este tiempo fuerte de preparación para la Navidad, quiere ayudarnos no sólo a revivir los hechos históricos de la encarnación del Hijo de Dios, que por sí mismo ya encierran una bellísima lección sobre el amor que él nos tiene, sino que quiere también recordarnos que nuestra vida en este mundo es una continua vigilia esperando la plenitud, es una incesante preparación para poder abrazar la eternidad, es un constante anhelo y súplica por el día del Señor.

Infelizmente, existen muchas distracciones en este mundo.

Muchas veces nos ocupamos demasiado y nos preocupamos exageradamente con cosas que son banales y vanas, y así, nos olvidamos o no conseguimos encontrar el tiempo para hacer aquellas cosas que realmente son importantes en nuestra vida.

Cuando esto sucede, entonces despacito, sin que nos demos cuenta, nuestra vida va perdiendo el color, se va tornando opaca y sin vigor, nos vamos despersonalizando, nuestras relaciones con los demás, especialmente con los que nos son más cercanos, se van quedando cada vez más superficiales y frías, por fin, nos transformamos en una pieza de un engranaje, en un instrumento de otros.

Así vamos, hasta que algo grave e inesperado nos suceda, haciéndonos despertar, abriendo nuestros ojos y haciéndonos gritar: ¿qué es lo que hice con mi vida? Algunas veces, aún tenemos tiempo para cambiar nuestra actuación y reconquistar lo que estábamos perdiendo, pero otras veces ya es demasiado tarde: ya se perdió la familia, los amigos, la edad, los sueños, la dignidad...

Es así que, en la vida de muchos el Señor llega en las horas más inesperadas, y estando tan entretenidos con sus cosas, ni se dan cuenta, y él pasa... y estas personas pierden la oportunidad de la gracia...

Así sucedió con los contemporáneos de Noé, así sucedió con los contemporáneos de Jesús, así sucede con nosotros y con nuestros contemporáneos. Distraídos, ciegos e insensibles no nos damos cuenta que la hora ya llegó, que la vida está pasando, que Dios tiene un proyecto para nosotros.

Y si hoy Jesús llegara en mi vida y me dijera: “¡Ven, empecemos hoy la plenitud!”

Será que yo le diría: ¡Qué bien que ya viniste! Te estaba esperando. Todo en mi vida es dirigido hacia esta hora. Cada día yo esperaba que fuera tu día. En cada acción sabía que podrías estar ya a la puerta. ¡Gracias porque ya llegaste!

Yo sé que no es fácil vivir de este modo. Cuántas veces ya me dejé encandilar por las luces de este mundo, y acabé atropellando todo y a todos. Sin embargo, yo sé muy bien que este no es mi ideal de vida. No vine a este mundo para consumirme en cosas sin valor, o para satisfacerme con tonterías.

Por eso mi hermano creo que, para mantenernos en constante vigilia, nada mejor que la vida de los sacramentos en la Iglesia. Ellos nos ayudan a estar siempre alertas...

De hecho, la Iglesia no deja de clamar: “¡Ven Señor Jesús!”

Pues, ella sabe que, cuando su esposo llegue, todas las cosas serán nuevas. Ella sabe que, cuando él llegue y abra la puerta, si la encuentra con su lámpara encendida, la hará participar de una fiesta eterna…Ella sabe que él tiene un pan que sacia cualquier hambre, una bebida que mata cualquier sed.

Ella sabe que él tiene una luz que disipa toda oscuridad, toda duda. Ella sabe que él curará todas sus heridas, realizará todos sus deseos, y la protegerá para siempre. Ella sabe que solo él, de verdad, la puede hacer completamente feliz… No es sin motivo que ella insiste tanto: “¡Ven Señor Jesús!” “¡No tardes!”

También nosotros, en nuestra vida personal, debemos aprender a vivir en la misma dinámica eclesial: “¡Ven Señor Jesús!” “¡No tardes!”

El Señor te bendiga y te guarde,

El Señor te haga brillar su rostro y tenga misericordia de ti.

El Señor vuelva su mirada cariñosa y te de la PAZ.

Hna. Inmaculada Contreras Márquez

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Hay que mirarse al espejo antes de juzgar

SMartaPapaAntes de juzgar a los otros es necesario mirarse al espejo y ver cómo somos. Es la invitación del papa Francisco en la misa de esta mañana celebrada en Santa Marta, la última antes del descanso por el verano. El Pontífice ha subrayado que lo que diferencia el juicio de Dios del nuestro no es la omnipotencia sino la misericordia.
Reflexionando sobre el Evangelio del día, el Santo Padre ha recordado que el juicio pertenece solo a Dios y por eso si no queremos ser juzgados también nosotros no debemos juzgar a los otros. Todos nosotros queremos que en el Día del Juicio, “el Señor nos mire con benevolencia, que el Señor se olvide de muchas cosas feas que hemos hecho en la vida”, ha asegurado.
Por eso si “tú juzgas continuamente a los otros con la misma medida, tú serás juzgado”. El Señor nos pide que nos miremos al espejo. “Mírate al espejo, pero no para maquillarte, para que no se vean las arrugas. No, no, no, ¡ese no es el consejo! Mírate al espejo para mírate a ti, como tú eres”, ha invitado Francisco. Querer quitar la mota del ojo ajeno, mientras que en tu ojo hay una viga. El Señor dice que cuando hacemos esto hay solo una palabra para definirlo: “hipócrita”.
Por eso, el Pontífice ha observado que se ve que el Señor aquí “se enfada un poco”, dice que somos hipócritas cuando nos ponemos “en el sitio de Dios”. Y así, ha recordado que esto es lo que la serpiente ha convencido a hacer a Adán y Eva: “si coméis de esto seréis como Él”. Ellos –ha precisado– querían ponerse en el sitio de Dios.
Asimismo ha explicado que por esto es tan feo juzgar. El juicio corresponde solo a Dios. “A nosotros el amor, la comprensión, el rezar por los otros cuando vemos cosas que no son buenas, pero también hablar con ellos: pero, mira, yo veo esto, quizá…’ pero no juzgar”, ha aseverado.
El Santo Padre ha proseguido su homilía subrayando que cuando juzgamos “nos ponemos en el sitio de Dios” pero “nuestros juicio es un juicio pobre” , nunca “puede ser un juicio verdadero”. Y nuestro juicio no es como el de Dios no por su omnipotencia, sino “porque a nuestro juicio le falta misericordia, y cuando Dios juzga, juzga con misericordia”.
Finalmente, el Papa ha invitado a pensar hoy en lo que el Señor nos pide: no juzgar para no ser juzgados, la medida con la que juzgamos será la misma que usarán con nosotros y mirarnos al espejo antes de juzgar. De lo contrario seremos un “hipócrita” porque nos ponemos en el sitio de Dios y porque nuestro juicio es pobre porque le falta algo importante que tiene el juicio de Dios, le falta misericordia

Francisco: a Dios se lo encuentra de pie, en silencio y en salida.

La vida del cristiano se puede resumir en tres actitudes: estar “de pie” para acoger a Dios, en paciente “silencio” para escuchar su voz, y “en salida” para anunciarlo a los demás. Así lo explicó el Papa Francisco en su homilía de la Misa de la mañana celebrada en la capilla de la Casa de Santa Marta.

Puedes ser un pecador arrepentido que ha decidido recomenzar con Dios o incluso un elegido por Él que ha consagrado su vida, en todo caso puede asaltarte el “miedo” por creer que no lo lograrás, y puedes entrar en un estado de “depresión” cuando la fe se oscurece.

De pie y en camino

Para profundizar este aspecto e indicar cómo salir del túnel, el Papa evocó la situación del hijo pródigo, deprimido mientras mira hambriento a los cerdos, y se concentró en el personaje de la liturgia del día, el profeta Elías. De este último, Francisco afirmó que es “un vencedor” que “ha luchado tanto por la fe”, ha vencido a centenares de idólatras en el Monte Carmelo. Después, tras la enésima persecución que lo toma como blanco, se abate. Se abate desanimado bajo un árbol esperando morir, pero Dios no lo deja en ese estado de postración, sino que le envía a un ángel con un imperativo: levántate, come y parte:

“Para encontrar a Dios es necesario volver a la situación en la que el hombre estaba en el momento de la creación: de pie y en camino. Así nos ha creado Dios: a su altura, a su imagen y semejanza, y en camino. ‘¡Ve, ve adelante! Cultiva la tierra, hazla crecer; y multiplíquense…’. ‘¡Sal!’. Sal y vete al Monte y detente sobre el Monte ante mi presencia. Elías se puso de pie. Y puesto de pie, sale”.

El hilo de un silencio sonoro

Salir, y ponerse en escucha de Dios. Pero, “¿cómo pasa el Señor? ¿Cómo puedo encontrar al Señor para estar seguro de que sea Él?”, se preguntó Francisco. El pasaje del Libro de los Reyes es elocuente. El ángel invita a Elías a salir de la caverna en el Monte Oreb donde había encontrado amparo para estar ante la “presencia” de Dios. Sin embargo, no lo induce a salir ni el viento “impetuoso y recio” que parte las rocas, ni el terremoto que siguió y ni siquiera el fuego sucesivo:

“Tanto ruido, tanta majestad, tanto movimiento y el Señor no estaba allí. ‘Y después del fuego, el susurro de una briza ligera’ o, como es propio del original, ‘el hilo de un silencio sonoro’. Y allí estaba el Señor. Para encontrar al Señor, es necesario entrar en nosotros mismos y sentir aquel ‘hilo de un silencio sonoro’ y Él nos habla allí”.

La hora de la misión

La tercera petición del ángel a Elías es: “Sal”. El profeta es invitado a volver sobre sus pasos, hacia el desierto, porque se le encomienda una misión que cumplir. Francisco subrayó que en esto debemos aceptar la invitación “a estar en camino, no cerrados, no dentro del egoísmo de nuestra comodidad”, sino “valerosos” para “llevar a los demás el mensaje del Señor”, es decir, salir en “misión”:

“Siempre debemos buscar al Señor. Todos nosotros sabemos cómo son los momentos feos: momentos que se te tiran por los suelos, momentos sin fe, oscuros, momentos en los que no vemos el horizonte, no somos capaces de levantarnos. ¡Todos sabemos esto! Pero es el Señor que viene, nos reconforta con el pan y con su fuerza y nos dice: ‘¡Levántate, y ve adelante! ¡Camina!’. Para encontrar al Señor debemos estar así: de pie y en camino. Después esperar que Él nos hable: corazón abierto. Y Él nos dirá: ‘Soy Yo’ y allí la fe se vuelve fuerte. ¿La fe es para mí, para custodiarla? ¡No! Es para ir y darla a los demás, para ungir a los demás, para la misión”.

Confer CUZCO - María Fernanda Bernasconi – RV.

Homilía del Papa en Jubileo de los Sacerdotes: Buscar, incluir y alegrarse

el Papa hablando a los sacerdotesEn la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús y Jornada de Santificación Sacerdotal, el Papa Francisco presidió la celebración de la Santa Misa en la Plaza de San Pedro con motivo del Jubileo de los Sacerdotes - AP

(RV).- "Ninguno está excluido del corazón de Cristo, de su oración y de su sonrisa. Con mirada amorosa y corazón de Padre, el Señor acoge, incluye, y, cuando debe corregir, siempre es para acercar; sin despreciar a nadie, sino que está dispuesto a ensuciarse las manos por todos".

En la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús y Jornada de Santificación Sacerdotal, el Papa Francisco presidió la celebración de la Santa Misa en la Plaza de San Pedro con motivo del Jubileo de los Sacerdotes.

En su homilía el Santo Padre recordó que esta Solemnidad nos invita a llegar al corazón, es decir, a la interioridad, a las raíces más sólidas de la vida, al núcleo de los afectos, en una palabra, al centro de la persona. De ahí su invitación a fijar la mirada en dos corazones: el del Buen Pastor y el de nuestro corazón de pastores.

Del corazón del Buen Pastor el Pontífice afirmó que no es sólo el que tiene misericordia de nosotros, sino la misericordia misma. Puesto que ahí resplandece el amor del Padre; ahí tenemos la seguridad de ser acogidos y comprendidos como somos; ahí, con todas nuestras limitaciones y pecados, es posible saborear la certeza de ser elegidos y amados.

El Obispo de Roma también recordó a los sacerdotes que al mirar al corazón de Jesús, deben renovar el primer amor: “el recuerdo – dijo – de cuando el Señor tocó mi alma y me llamó a seguirlo, la alegría de haber echado las redes de la vida confiando en su palabra”.

Entre los conceptos que expresó el Papa se destacan los términos “buscar”, “incluir” y “alegrarse”.

“Buscar”, puesto que es el corazón que busca: es un corazón que no privatiza los tiempos y espacios, no es celoso de su legítima tranquilidad, y nunca pretende que no lo molesten. El pastor, según el corazón de Dios, no defiende su propia comodidad, no se preocupa de proteger su buen nombre, sino que, por el contrario, sin temor a las críticas, está dispuesto a arriesgar con tal de imitar a su Señor.

“Incluir”, porque Cristo ama y conoce a sus ovejas, da la vida por ellas y ninguna le resulta extraña. No es un jefe temido por las ovejas – afirmó Francisco – sino el pastor que camina con ellas y las llama por su nombre para reunir a las que todavía no están con él.

“Alegrarse”, puesto que Dios – dijo el Papa – se pone “muy contento” y su alegría nace del perdón, de la vida que se restaura, del hijo que vuelve a respirar el aire de casa.

El Santo Padre concluyó su homilía recordándoles a los queridos sacerdotes que en la celebración eucarística encuentran cada día su identidad de pastores. Y añadió que cada vez pueden hacer suyas las palabras de Jesús: “Este es mi cuerpo que se entrega por ustedes”. “Éste – terminó diciendo el Papa – es el sentido de nuestra vida, son las palabras con las que, en cierto modo, podemos renovar cotidianamente las promesas de nuestra ordenación”. Y les agradeció su “sí” para dar la vida unidos a Jesús, “fuente pura de nuestra alegría”.

La celebración del Jubileo de los Sacerdotes en la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús nos invita a llegar al corazón, es decir, a la interioridad, a las raíces más sólidas de la vida, al núcleo de los afectos, en una palabra, al centro de la persona. Y hoy nos fijamos en dos corazones: el del Buen Pastor y nuestro corazón de pastores.

El corazón del Buen Pastor no es sólo el corazón que tiene misericordia de nosotros, sino la misericordia misma. Ahí resplandece el amor del Padre; ahí me siento seguro de ser acogido y comprendido como soy; ahí, con todas mis limitaciones y mis pecados, saboreo la certeza de ser elegido y amado. Al mirar a ese corazón, renuevo el primer amor: el recuerdo de cuando el Señor tocó mi alma y me llamó a seguirlo, la alegría de haber echado las redes de la vida confiando en su palabra (cf. Lc 5,5).

El corazón del Buen Pastor nos dice que su amor no tiene límites, no se cansa y nunca se da por vencido. En él vemos su continua entrega sin algún confín; en él encontramos la fuente del amor dulce y fiel, que deja libre y nos hace libres; en él volvemos cada vez a descubrir que Jesús nos ama «hasta el extremo» (Jn 13,1) – no se detiene, sino hasta el final – sin imponerse nunca.

El corazón del Buen Pastor está inclinado hacia nosotros, «polarizado» especialmente en el que está lejano; allí apunta tenazmente la aguja de su brújula, allí revela la debilidad de un amor particular, porque desea llegar a todos y no perder a nadie.

Ante el Corazón de Jesús nace la pregunta fundamental de nuestra vida sacerdotal: ¿A dónde se orienta mi corazón? Pregunta que nosotros, los sacerdotes, debemos hacernos tantas veces, cada día, cada semana: ¿a dónde se orienta mi corazón? El ministerio está a menudo lleno de muchas iniciativas, que lo ponen ante diversos frentes: de la catequesis a la liturgia, de la caridad a los compromisos pastorales e incluso administrativos. En medio de tantas actividades, permanece la pregunta: ¿En dónde se fija mi corazón? Me viene a la memora aquella oración tan bella de la Liturgia: “Ubi vera sunt gaudia…”. ¿A dónde apunta, cuál es el tesoro que busca? Porque —dice Jesús— «donde estará tu tesoro, allí está tu corazón» (Mt 6,21). Hay debilidades en todos nosotros, también pecados. Pero vayamos a lo profundo, a la raíz: ¿Dónde está la raíz de nuestras debilidades, de nuestros pecados, es decir dónde está precisamente aquel “tesoro” que nos aleja del Señor?

Los tesoros irremplazables del Corazón de Jesús son dos: el Padre y nosotros. Él pasaba sus jornadas entre la oración al Padre y el encuentro con la gente. No la distancia, el encuentro. También el corazón de pastor de Cristo conoce sólo dos direcciones: el Señor y la gente. El corazón del sacerdote es un corazón traspasado por el amor del Señor; por eso no se mira a sí mismo – no debería mirarse a sí mismo –, sino que está dirigido a Dios y a los hermanos. Ya no es un «corazón bailarín», que se deja atraer por las seducciones del momento, o que va de aquí para allá en busca de aceptación y pequeñas satisfacciones. Es, en cambio un corazón arraigado en el Señor, cautivado por el Espíritu Santo, abierto y disponible para los hermanos. Y allí resuelve sus pecados.

Para ayudar a nuestro corazón a que tenga el fuego de la caridad de Jesús, el Buen Pastor, podemos ejercitarnos en asumir en nosotros tres formas de actuar que nos sugieren las Lecturas de hoy: buscar, incluir y alegrarse.

Buscar. El profeta Ezequiel nos recuerda que Dios mismo busca a sus ovejas (cf. 34,11.16). Como dice el Evangelio, «va tras la descarriada hasta que la encuentra» (Lc 15,4), sin dejarse atemorizar por los riesgos; se aventura sin titubear más allá de los lugares de pasto y fuera de las horas de trabajo. Y no se hace pagar horas extras. No aplaza la búsqueda, no piensa: «Hoy ya he cumplido con mi deber, eventualmente me ocuparé mañana», sino que se pone de inmediato manos a la obra; su corazón está inquieto hasta que encuentra esa oveja perdida. Y, cuando la encuentra, olvida la fatiga y se la carga sobre sus hombros todo contento. A veces debe salir a buscarla, a hablar; otras veces debe permanecer ante el tabernáculo, luchado con el Señor por aquella oveja.

Así es el corazón que busca: es un corazón que no privatiza los tiempos y espacios. ¡Ay de los pastores que privatizan su ministerio! No es celoso de su legítima tranquilidad – legítima, digo, ni siquiera de ella – y nunca pretende que no lo molesten. El pastor, según el corazón de Dios, no defiende su propia comodidad, no se preocupa de proteger su buen nombre, pero será calumniado, como Jesús. Sin temor a las críticas, está dispuesto a arriesgar con tal de imitar a su Señor. “Bienaventurados ustedes cuando los insultarán, los perseguirán…” (Mt 5,11).

El pastor según Jesús tiene el corazón libre para dejar sus cosas, no vive haciendo cuentas de lo que tiene y de las horas de servicio: no es un contable del espíritu, sino un buen Samaritano en busca de quien tiene necesidad. Es un pastor, no un inspector de la grey, y se dedica a la misión no al cincuenta o sesenta por ciento, sino con todo su ser. Al ir en busca, encuentra, y encuentra porque arriesga. Si el pastor no arriesga, no encuentra. No se queda parado después de las desilusiones ni se rinde ante las dificultades; en efecto, es obstinado en el bien, ungido por la divina obstinación de que nadie se extravíe. Por eso, no sólo tiene la puerta abierta, sino que sale en busca de quien no quiere entrar por ella. Y como todo buen cristiano, y como ejemplo para cada cristiano, siempre está en salida de sí mismo. El epicentro de su corazón está fuera de él: es un descentrado de sí mismo, centrado sólo en Jesús. No es atraído por su yo, sino por el tú de Dios y por el nosotros de los hombres.

Segunda palabra: Incluir. Cristo ama y conoce a sus ovejas, da la vida por ellas y ninguna le resulta extraña (cf. Jn 10,11-14). Su rebaño es su familia y su vida. No es un jefe temido por las ovejas, sino el pastor que camina con ellas y las llama por su nombre (cf. Jn 10, 3-4). Y quiere reunir a las ovejas que todavía no están con él (cf. Jn 10,16).

Así es también el sacerdote de Cristo: está ungido para el pueblo, no para elegir sus propios proyectos, sino para estar cerca de las personas concretas que Dios, por medio de la Iglesia, le ha confiado. Ninguno está excluido de su corazón, de su oración y de su sonrisa. Con mirada amorosa y corazón de padre, acoge, incluye, y, cuando debe corregir, siempre es para acercar; no desprecia a nadie, sino que está dispuesto a ensuciarse las manos por todos.

El Buen Pastor no conoce los conoce. Ministro de la comunión, que celebra y vive, no pretende los saludos y felicitaciones de los otros, sino que es el primero en ofrecer mano, desechando cotilleos, juicios y venenos. Escucha con paciencia los problemas y acompaña los pasos de las personas, prodigando el perdón divino con generosa compasión. No regaña a quien abandona o equivoca el camino, sino que siempre está dispuesto para reinsertar y recomponer los litigios. Es un hombre que sabe incluir.

Alegrarse. Dios se pone «muy contento» (Lc 15,5): su alegría nace del perdón, de la vida que se restaura, del hijo que vuelve a respirar el aire de casa. La alegría de Jesús, el Buen Pastor, no es una alegría para sí mismo, sino para los demás y con los demás, la verdadera alegría del amor. Esta es también la alegría del sacerdote. Él es transformado por la misericordia que, a su vez, ofrece de manera gratuita. En la oración descubre el consuelo de Dios y experimenta que nada es más fuerte que su amor. Por eso está sereno interiormente, y es feliz de ser un canal de misericordia, de acercar el hombre al corazón de Dios. Para él, la tristeza no es lo normal, sino sólo pasajera; la dureza le es ajena, porque es pastor según el corazón suave de Dios.

Queridos sacerdotes, en la celebración eucarística encontramos cada día nuestra identidad de pastores. Cada vez podemos hacer verdaderamente nuestras las palabras de Jesús: «Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros». Este es el sentido de nuestra vida, son las palabras con las que, en cierto modo, podemos renovar cotidianamente las promesas de nuestra ordenación. Les agradezco su «sí», y por los tantos «sí» escondidos de todos los días, que sólo el Señor conoce. Les agradezco por su «sí», para dar la vida unidos a Jesús: aquí está la fuente pura de nuestra alegría.

CORPUS CHRISTI

Todos comieron hasta saciarse y se recogieron doce canastos de sobras." Lc 9, 17

En muchos países este domingo se celebra la solemnidad de Corpus Christi, en otros ya se celebró el jueves. De todos modos, propongo una sencilla reflexión sobre este gran misterio.
Ciertamente la Eucaristía es, entre los dones de Dios confiados a la Iglesia, uno de los más preciosos y esto lo confirma el propio nombre: "Santísimo Sacramento". Jesús encontró un modo sencillo pero muy fuerte de permanecer en nuestro medio y alimentarnos en todo nuestro caminar hacia Dios.
El primer recuerdo que nos viene en mente es el 'Maná' del desierto que, regalado por Dios de un modo igual para todos, cada día durante cuarenta años, no podía ser acumulado, y así hizo con que aquella gente cambiara la mentalidad, aprendieran a compartir, a vencer el egoísmo, a ser solidarios. También la Eucaristía quiere ser esta escuela de Dios. A través de la comunión frecuente, Dios quiere ir transformando nuestros valores, nuestros proyectos, nuestras actitudes, nuestros sentimientos en los mismos que tenía y vivía Jesús. Comunión que no es sólo comer, sino también meditar, rezar y sentirse desafiado a dar un nuevo paso en la dirección del Único Bien.
En segundo lugar, la Eucaristía es memorial permanente de la pasión, muerte y resurrección de Cristo. "Es cuerpo entregado por vosotros... es sangre derramada por vosotros" No es un cuerpo cualquiera, es cuerpo entregado, donado, sacrificado... no es una sangre cualquiera, es sangre derramada, ofrecida... Nos hace recordar un proyecto de Vida. Nos desafía: "Hagan esto en memoria mía." Mientras, tantas veces, solamente pensamos en nosotros mismos: ¿cómo ganar más?; ¿dónde tener ventajas?; ¿cómo vengarme? La Eucaristía es el sacramento de la donación completa. Es propuesta de otra lógica para vivir en el mundo.
En tercer lugar, la Eucaristía y la Iglesia participan del mismo misterio: ambas son cuerpo de Cristo, ambas hacen presente a Jesucristo en nuestras vidas. Y ellas están íntimamente ligadas, a tal punto que no se puede hacer Eucaristía sin la Iglesia, como tampoco sin la Eucaristía, la Iglesia no puede sobrevivir. San Agustín decía que cuando comulgamos recibimos lo que nosotros somos.
Que la Eucaristía sea nuestra fuerza.
Hna. Inmaculada Contreras M.

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