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Luis Bolla(Por: Luis Miguel Modino).- En la historia de la Iglesia en la Amazonía han existido misioneros que pueden ser considerados un referente de inculturación, de una Iglesia con rostro indígena y amazónico, algo que está en el trasfondo del Sínodo para la Amazonía. Uno de ellos fue el salesiano Luis Bolla, o Yankuam, como era conocido entre los Achuar de Perú. El peligro del padre Bolla y de otros misioneros es que se les acabe reduciendo a “una estampita”, afirma el Padre Juan Bottasso, misionero salesiano en América Latina desde hace 60 años, que ve en el Padre Bolla, “un misionero sacrificado, paciente, inmensamente generoso, siempre sereno y alegre”.

Hablando de Yankuam (estrella del crepúsculo), su hermano salesiano le define como alguien que “con su vida revolucionó en profundidad el perfil del misionero, explorando nuevos caminos para la evangelización”. Lo decisivo en el Padre Bolla es que fue misionero entre los Achuar, ”viviendo literalmente como ellos”, algo que no es fácil para un occidental, pues es un estilo de vida “sumamente duro y para Yankuam lo fue mucho más, porque él no podía contar con el apoyo de una familia suya, apoyo que para todo Achuar es fundamental”, insiste Juan Bottasso.

Cuando el Padre Bolla llegó en medio de los Achuar les pidió que lo aceptaran como huésped, algo que al principio no entendieron, pues “necesitó tiempo para que ellos se convencieran que su pedido era desinteresado”, afirma el Padre Bottasso. De hecho, según el salesiano, “por años permaneció solo y fue capaz de llevar ese tipo de vida, rígidamente fiel a sus compromisos de sacerdote y de religioso, únicamente sostenido por el ideal abrazado desde niño de anunciar el Evangelio a un pueblo al cual nunca había sido predicado”.

El primer destino del Padre Bolla fue entre los Shuar de Ecuador. Los salesianos estaban al frente del Vicariato de Méndez, que corresponde aproximadamente a la actual provincia de Morona Santiago. El trabajo misionero entre ese pueblo era difícil, como señala el Padre Bottasso, haciendo referencia a un “coloquio de Monseñor Comín con el Papa, en el cual el obispo lamentaba la esterilidad del trabajo con esa etnia “aristocráticamente altiva”, comparándolo a la inutilidad del “regar un palo seco”. Las cosas cambiaron cuando se generalizó la práctica de reunir a los hijos de los Shuar en internados”.

Yankuam llegó a las misiones en el momento en que los internados estaban alcanzando su máximo florecimiento. Es allí donde descubre, como señala el salesiano Bottasso, “que el bien supremo que posee un ser humano es su dignidad, la satisfacción de ser lo que es, el orgullo de pertenecer al grupo humano en el cual ha nacido”, algo que se podaba en los internados, donde se decía a los chicos y chicas que debían “civilizarse”, que sus pueblos habían sido “primitivos”, o peor, “salvajes”, y que ellos debían llegar a ser diferentes, afirma Juan Bottasso.

Partiendo de una buena intención, se denigraba a los pueblos indígenas, creando “individuos acomplejados, que tenían vergüenza de ser lo que eran, y querían ser algo diferente, pero inalcanzable, porque la identidad profunda de uno no se puede borrar”, según Bottasso. En este ambiente, el padre Bolla, sin enfrentarse abiertamente con los otros salesianos, fue buscando vías alternativas, algo que fue lento y gradual, pero cada vez más radical.

Los conocimientos en antropología le ayudaron a entender que “el concepto de salvaje es una invención de los Occidentales, que asumen su cultura como unidad de medida para juzgar a todas las demás”. De hecho, el Padre Bolla dice en sus escritos que “los Achuar era un pueblo de los más nobles. Su forma de vida es fruto de su historia y de su adaptación al ambiente de la selva”. De hecho, aunque hubiese cosas que no aceptaba, siempre decía que “hay que intentar comprender”, algo a lo que consagró su vida. Siendo consciente de la necesidad de que los Achuar se modernizasen, le obsesionaba que “en el proceso de cambio, perdieran su orgullo y su sentido de pertenencia”.

El Concilio Vaticano II fue una inspiración para que el Padre Bolla renovase su manera de anunciar el Evangelio. En ese sentido, cabe destacar la importancia del decreto “Ad gentes” que habla de las “semillas del Verbo”, superando el viejo principio de que “fuera de la Iglesia no hay salvación”. Estas semillas fueron encontradas por Yankuam especialmente, aunque no solo, en los mitos. Desde ahí, él insiste, según el Padre Bottasso, “en partir siempre de los valores ya presentes en el pueblo, preocupado de que el anuncio evangélico no resultara una introducción de algo completamente extraño, sino una fuerza, capaz de hacer brillar más una luz ya encendida”, siempre insistiendo en que “el Evangelio no venía a sustituir, sino a enriquecer”.

Todos coinciden en decir que Yankuam fue radical y asumió el modo de vida de los Achuar hasta donde su situación particular se lo permitió, algo que es muy difícil para quien llega de fuera. Para el Padre Bolla, “la cercanía a la gente era algo indispensable, la utilización de su lengua total y permanente”, insiste el Padre Bottasso, que dice que Yankuam “quería que los valores del Evangelio no se limitaran a ser transmitidos con palabras, sino con la vida”. Por eso, “vestía como ellos, celebraba con la corona de plumas en la cabeza”, no por folklore barato y sí como “manera de valorar una tradición, de la cual debían sentirse orgullosos”, señala Juan Bottasso.

Vivir sólo entre los Achuar provocó tensiones con los salesianos, quienes atribuyen mucha importancia a la vida en comunidad. De hecho, pasaron más de 20 años hasta la llegada del Padre Diego Clavijo, aunque en verdad esa vida en comunidad se reducía a pocos días al mes. De hecho, esto pone de manifiesto, según el Padre Bottasso, que “hay situaciones misioneras en las que la vida religiosa debe poder adoptar modalidades muy particulares en las cuales lo prioritario no es la observancia estricta de un horario, sino la disponibilidad para evangelizar con más eficacia”. Lo que está claro es que para evangelizar un pueblo, vivir como ellos es una premisa fundamental.

El Padre Bottasso reconoce que “Yankuam tal vez sea irrepetible y hay que pensarlo mucho antes de querer intentar hacer literalmente su misma experiencia”. De hecho, él fue tildado de irresponsable, pues vivía amenazado por la falta de medicinas y por madereros, mineros y narcotraficantes. En su vida religiosa y espiritual, “sólo una reciedumbre interior como la suya pudo permitirle vivir tantos años solo, tenazmente apegado a la observancia de los votos religiosos”, insiste el Padre Bottasso, quien señala que “a Yankuam se puede intentar imitarlo en su entrega, su constancia, su generosidad, su identificación heroica con los destinatarios, su consagración hasta el último día a la misión evangelizadora, pero en este esfuerzo cada uno llegará hasta donde le permiten sus fuerzas y sus convicciones”.

El Padre Bottasso ve un paralelismo entre la vida del Padre Bolla y el estilo del Papa Francisco. A partir de la historia de la misión, Juan Bottasso reflexiona sobre la forma de evangelizar América, desde el poder, basada en el adoctrinamiento y sin un intercambio con los valores y los saberes de las culturas locales, y de evangelizar Asia, partiendo de la debilidad, un sistema adoptado por los jesuitas, primero con Francisco Javier, y más tarde con Ricci, Rodríguez y muchos otros, que adoptaron las costumbres chinas: vestido, idioma, modales de la complicada etiqueta local, llegando a ganar la amistad de los sabios.

La evangelización en Asia, llevó a los misioneros a portarse con extrema discreción y prudencia, dada la permanente posibilidad de ser expulsados, por depender del capricho y el humor de los funcionarios, pudiendo decir que vivieron la condición del huésped, algo en lo que insiste Juan Bottasso. El salesiano afirma que “a pesar de estas limitaciones los resultados de sus actividades fueron enormes. Si no hubiera sido por la intromisión de los misioneros de otras Ordenes, que juzgaron su método demasiado sincrético y reñido con la ortodoxia, es muy posible que el cristianismo hubiese penetrado profundamente en la mentalidad y la cultura, no solo de China, sino de toda Asia. Las denuncias llegaron a Roma, y, después de un siglo de diatribas y controversias, los “ritos chinos y malabares” fueron prohibidos. Se perdió una oportunidad irrepetible”.

Analizando la sociedad actual, el Padre Bottasso afirma que se acabó el tiempo de la cristiandad. La Iglesia dejó de ser “potencia” y “nadie soporta que ella se presente como quien sermonea, regaña, critica y condena”, a lo que se unen los escándalos que la están volviendo más humilde y a tomar conciencia de ser vulnerable y pecadora, insiste el salesiano. Según él, esa es la Iglesia de Francisco, “que no quiere apoyarse en grandes estructuras, en ceremonias fastuosas o en la amistad con los poderosos”, condenando el clericalismo, “porque no quiere que el sacerdote se considere privilegiado”, una Iglesia que está al lado de heridos y excluidos, siempre dispuesta a servir, más que a juzgar.

“Yankuam dejó este mundo pocas semanas antes de que fuera elegido el Papa Francisco. ¡Cómo se alegraría escuchando hoy sus palabras y viendo sus gestos, porque vería confirmado el estilo que lo caracterizó toda la vida!”, insiste Bottasso, para quien en cualquier lugar, “la que no recibe rechazo es una Iglesia que vive como huésped y no dueña, la que no defiende sus privilegios, sino que busca solamente servir. La de Yankuam, la de Francisco”.

(Tomado de: religiondigital.org)

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