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Papafrancisco (Luis Miguel Modino, corresponsal en Brasil).- Los discursos del Papa Francisco nunca dejan indiferente a nadie y siempre nos llevan a reflexionar sobre elementos que muchos ignoran, en un mundo y una Iglesia en que impera el espíritu del mercado, que nos lleva a dar valor a las cosas a partir de los números, del valor material, de los réditos que cada cosa o persona produce.

En su discurso a los obispos colombianos, entre los muchos e importantes aspectos abordados, ha tocado el tema de la Amazonia. Lo ha hecho en el último momento. Soy de los que piensan que cuando alguien habla, lo que dice al final es aquello que no quiere que nadie olvide.

Me fijo en estas palabras sobre la Amazonia desde el lugar en que vivo, en el corazón de esta región, justo en la frontera entre Brasil, Colombia y Venezuela, reconociendo que las palabras del obispo de Roma pueden traspasar las fronteras de una tierra donde sus moradores originales no entienden esas divisiones que los europeos y sus descendientes les impusieron.

En el corazón del Papa Francisco la Amazonia ocupa un lugar destacado, siempre se ha interesado por lo que ocurre en estas aguas y florestas, entre estas gentes que aquí viven tradicionalmente y que con sus actitudes nos muestran que otro mundo y otra forma de entender la vida son posibles.

Fue desde el Vaticano desde donde se dio el mayor impulso para el nacimiento de la REPAM, Red Eclesial Pan Amazónica. Del mismo modo, la Encíclica Laudato Si', uno de los instrumentos más decisivos del pontificado del Papa Bergoglio, tiene como trasfondo elementos que están muy presentes en la vida y espiritualidad de los pueblos amazónicos.

En lo que entiendo como una tentativa de combatir ese espíritu mercantilista del que hablaba al principio, el Papa Francisco no ha dudado en hacernos reflexionar, desde mi punto de vista también como cristianos y como Iglesia, sobre nuestra mirada sobre lo que es de todos y, sobre todo, es de Dios.

Al decir a los obispos colombianos que "La Amazonia es para todos nosotros una prueba decisiva para verificar si nuestra sociedad, casi siempre reducida al materialismo y pragmatismo, está en grado de custodiar lo que ha recibido gratuitamente, no para desvalijarlo, sino para hacerlo fecundo", nos quiere llevar a pensar en el valor de la cosas en sí mismas, en que el respeto por la Creación va a hacer que no sólo nuestra vida, como la de las generaciones futuras, sea mejor, que vivir con más bienes materiales no siempre es sinónimo de mayor bienestar y felicidad. Soy testigo de que en muchos rincones de la Amazonia la gente vive con poco y son felices.

No todo lo que nos hace sabios es aquello que aparece en los libros. El conocimiento no se reduce a elementos técnicos, sino que va más allá y abarca el campo de los sentimientos y actitudes que nos permiten lidiar con la vida desde perspectivas diferentes. Una forma de entender la realidad que nos remite a la Sabiduría bíblica, que viene de ese Dios que se hace presente en nuestra historia y que también se manifiesta "en la arcana sabiduría de los pueblos indígenas amazónicos" y de tantos otros, y de quienes, como hace el Papa, también "me pregunto si somos aún capaces de aprender de ellos la sacralidad de la vida, el respeto por la naturaleza, la conciencia de que no solamente la razón instrumental es suficiente para colmar la vida del hombre y responder a sus más inquietantes interrogantes".

Si queremos continuar siendo presencia de Dios en pleno siglo XXI, somos obligados a dejar traslucir en nuestras actitudes los mismos sentimientos de Cristo, quien nunca abandonó a aquellos que por su pequeñez e insignificancia contaban poco o nada para el mundo. Ser Iglesia tiene que llevarnos a todos, no sólo a la Iglesia colombiana "a no abandonar a sí misma la Iglesia en la Amazonia", donde faltan personas y recursos para acompañar y defender la vida de quienes viven en locales aislados, abandonados por los poderes públicos, que muchas veces les miran con ojos de aves de rapiña que pretenden acabar con sus recursos naturales y con su propia vida.

Por eso somos llamados a ser amigos de la Amazonia y de sus gentes, a ser "el otro brazo de la Amazonia", a no abandonar a su suerte a la Amazonia y sus moradores, sobre todo a quien vive en los rincones más remotos, a estar presente como aquel que camina de la mano y ayuda a levantarse a quien está caído, pues de lo contrario la Iglesia puede ser "mutilada en su rostro y en su alma".

Una vez más el Papa insiste en la necesidad de consolidar una Iglesia con "un rostro amazónico", dejando entrever que las visiones monolíticas, que pretenden instaurar elementos uniformes en todos los rincones del mundo a partir de visiones occidentales, no están de acuerdo con aquello que el Evangelio nos propone, que no es lo mismo evangelizar la Amazonia que la vieja Europa.

La Amazonia es orgullo para Colombia, decía el Obispo de Roma, pero también debería serlo para el planeta y todos sus habitantes, pues en la medida en que todos, también quien vive su fe dentro de la Iglesia católica, cuidemos de su diversidad y de sus gentes, eso va a preservar lo que nunca puede faltar, vida en plenitud para toda la humanidad.

Fuente: periodistadigital.com

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